Desde los tiempos antiguos
viene la Nueva anunciada:
nacerá en el mundo un Niño
de Virgen Inmaculada.
Lo cantaron los profetas
con palabras inspiradas,
lo gritaron las estrellas
con sus voces de esmeralda.
Niño será con los niños
y de los grandes, Maestro,
con los humildes, sencillo,
con los malvados, violento.
Padre será de los pobres
conviviendo su pobreza:
hará del mendigo noble
para sentarlo a su mesa.
Tan débil y tan extraño,
tan pequeño y escondido
que nacerá en un establo
con un buey y un borriquillo.
¿Quién tendrá miedo del Rey
que nace en casa modesta?
¡si somos todos como él
y es suya la carne nuestra!
Vayamos todos corriendo,
y alegres demos los pasos,
el mismo Rey de los cielos
abre bendito sus brazos.
La Virgen mece en su seno
el más hermoso Regalo
que Dios concede a los pueblos
para a su seno llevarlos.
Mis ojos te doy, mi Niño,
y también te doy mis manos,
toma además mis oídos
y la canción de mis labios.
Hazte señor de mi mente
y dueño sé de mis actos
y en mi memoria presente
camina siempre a mi lado.
Venid, corred, adoremos
a nuestro Rey Soberano
al que anunciaron los tiempos
y al que cantaron los astros.
Venid, besemos los pies
a este Niño tan Bueno
que llegará a ser después
el Rey que lave los nuestros.
Bendice, Jesús Bendito,
a cuantos tus pies besamos:
y a cuantos te han ofendido
perdónales su pecado.
A María saludemos
como a la Madre más bella,
y a José, el
hombre bueno
que cuida de Dios con ella.
Pedid por nosotros pobres
al que el más pobre naciera:
que dé la paz a los hombres
y llene de amor la tierra.
Nace un Niño de una Virgen
de una Virgen nace Dios,
de la estrella más humilde
de una estrella nace el Sol.
Venid a besar al Niño
en sus mejillas rosadas,
a darle vuestro cariño
y a que os llene de gracias.
Miradlo recién nacido
como rocío de nácar,
en un pesebre dormido
cubierto de cuatro pajas.
Y cómo tiembla de frío
lucero de viva llama,
para encender el vacío
que desgarró nuestra nada.
Ven a mis brazos, mi Niño,
ven a besarme en la cara:
quiero ofrecerte el alivio
de que me cures el alma.
día de reyes
Cual blanda sonrisa
del alba nacida
en pálpito azul,
levanta sedoso
el día sus ojos
borrachos de luz.
Los Magos de Oriente,
en carros lucientes,
temprano vinieron,
sembrando de obsequios
los pies de Jesús.
Pasó ya el primero,
de rubios cabellos,
abriendo el tesoro,
en cofres de oro,
que encierra su amor.
Cruzó ya el segundo,
venido de mundos
huidos y extraños,
vertiendo a su paso
suavísimo olor.
Con mirra y ungüentos
llegó ya el tercero;
así dio noticia
que el Niño en su día
iría a la Cruz.
Tras ellos vayamos
llevando el regalo
de amores sinceros
al Rey de los cielos
que al mundo bajó.
María, tan bella,
es Madre y doncella,
nos da a su Niñito:
el fruto bendito
que de ella nació.
Miremos dichosos
aquellos sus ojos
que miran los nuestros
y en ellos dejemos
crecer nuestro amor.
Ardiendo mi pecho
en santos deseos,
humilde y modesta
pondré mis ofrendas
delante de él.
En fuego encendido
de amores divinos,
pondré ante su trono
mi cofre de oro:
la fiel castidad.
También mi obediencia
Pondré como ofrenda
que en humo de incienso
crepite en un beso
y cubra su altar.
Haré de mis bienes
-riquezas y honores -
un ramo de flores
que adornen sus sienes
desnudo en la cruz.
Bendice, mi Niño,
a quienes rendidos
te piden la paz
y otorga en tus dones
a todos los hombres
vivir tu amistad.
Hombre glorioso, de larga sombra,
alma y cuidado de Santa Honra,
José bendito:
mira a tu hijito,
ruega por mí
Virgen de amables ojos, Doncella
Madre de blanda entraña, mi Dueña
tu mano buena
quiero tenerla
cerca de mí.
Ese tesoro que en brazos llevas
ese niñito que al rostro besas
dámelo luego:
llevarlo quiero
dentro de mi.
Cándido infante de dones lleno,
santo semblante del Dios Eterno,
divino Verbo:
llévame, ruego,
dentro de Tí.
La Virgen lleva en sus brazos
la Bendición de los Cielos:
un Corazón todo labios
para estamparnos un beso.
Sol y Brisa y Agua blanda,
Hijo de Dios verdadero,
Paz de Amigo, Flor en arras
del Cariño más sincero.
La Virgen con su mirada
acaricia la del Verbo
y arde en fulgores su cara
cuando lo arrulla en su seno
Y José, transfigurado
por el pregón de los sueños,
con devoción ha forjado
un cascabel de silencios.
Dame, María, tu Niño
para acunarlo en mi pecho
y hacer con su beso el mío
un ramillete de incienso.
La Virgen en su regazo
brinda la Luz a los pueblos:
¡la Sonrisa del Dios Santo
para estamparnos un beso!
Vayamos a ver al Niño,
vayamos a darle un beso;
vayamos sin hacer ruido,
vayamos que está durmiendo.
Vayamos a ver al Niño,
vayamos que está despierto;
vayamos a recibirlo,
vayamos que es todo nuestro
déjame besar al niño
En una estancia,
junto a los tuyos,
orabas tú;
y en el murmullo
de la plegaria
y fe común,
abriose el cielo
y voz y fuego
la Iglesia hicieron
mansión de luz.
Dijiste “Fiat”
y tu respuesta
mudose en flor:
estás abierta
a lo divino
en la oración;
y como sierva,
siempre en servicio
de tu Señor;
pronta la lengua,
presto el oído
para su voz,
con el Amigo
que de continuo
habla de amor.
Danos la gracia,
Señora nuestra,
de ser maestras
en la plegaria;
de estar clavadas
con nuestro espíritu
en las entrañas
de Jesucristo;
ser su palabra,
ser sus oídos,
ser su mirada,
ser su sentido,
y con la Iglesia
un alma sola,
que lo pregona
como una Esposa
fundida en él.
Entre tus brazos
el Niño Bueno,
y de tus labios
un santo beso
al que es el Amo
del universo,
Señor y fuente
de todo bien.
¡Qué gran regalo,
sin merecerlo:
llevar pegado
junto a mi pecho
al Soberano
de tierra y cielo!
Deja en mis manos,
Madre, te ruego,
a tu pequeño:
en mi regazo
llevarlo quiero.
Virgen María:
con tu consuelo
en mis trabajos,
llegado al día
de poder verlo,
de contemplarlo
en alma y cuerpo
unida a Ti.
En una estancia,
junto a los tuyos,
orabas tú;
y en el murmullo
de la plegaria
y fe común,
abriose el cielo
y voz y fuego
la Iglesia hicieron
mansión de luz.
Dijiste “Fiat”
y tu respuesta
mudose en flor:
estás abierta
a lo divino
en la oración;
y como sierva,
siempre en servicio
de tu Señor;
pronta la lengua,
presto el oído
para su voz,
con el Amigo
que de continuo
habla de amor.
Danos la gracia,
Señora nuestra,
de ser maestras
en la plegaria;
de estar clavadas
con nuestro espíritu
en las entrañas
de Jesucristo;
ser su palabra,
ser sus oídos,
ser su mirada,
ser su sentido,
y con la Iglesia
un alma sola,
que lo pregona
como una Esposa
fundida en él.
invocación
Tienen tus ojos
la transparencia
del Santo Gozo;
tan luminosos,
muestran la esencia
del Poderoso;
y como fosos
de transcendencia
cantan la herencia
que un día todos
han de vivir.
Lleva tu seno
la luz del día,
el Sol eterno
que siempre brilla.
Ay qué contento
cuando ilumina
mi pobre vida
y en un reflejo
de limpio espejo
soy luz divina
nacida en ti.
Virgen María,
llena de gracia,
dame la dicha
de ser tu esclava,
sé mi abogada;
Tú, Madre mía,
ruega por mí.
Desde los tiempos antiguos
viene la Nueva anunciada:
Nacerá en el mundo un Niño
de Virgen Inmaculada.
Lo cantaron los profetas
con palabras inspiradas,
lo gritaron las estrellas
con sus voces de esmeralda.
Niño será con los niños,
y de los grandes, Maestro,
con los humildes, sencillo,
con los malvados, violento.
Padre será de los pobres,
conviviendo su pobreza:
hará del mendigo, noble,
para sentarlo a su mesa.
Tan débil y tan extraño,
tan pequeño y escondido
que nacerá en un establo
con un buey y un borriquillo.
¿Quién tendrá miedo del Rey,
que nace en casa modesta?
¡Si somos todos como él
y es suya la carne nuestra!
Vayamos todos corriendo,
y alegres demos los pasos,
el mismo Rey de los cielos
abre bendito sus brazos.
La Virgen mece en su seno
el más hermoso regalo,
que Dios concede a los pueblos,
para a su seno llevarlos.
Mis ojos te doy, mi Niño,
y también te doy mis manos;
toma además mis oídos
y la canción de mis labios.
Hazte Señor de mi mente
y Dueño sé de mis actos,
y en mi memoria presente
camina siempre a mi lado.
Venid, corred, adoremos
a nuestro Rey Soberano,
al que anunciaron los tiempos
y al que cantaron los astros.
Venid, besemos los pies
a este Niño tan Bueno,
que llegará a ser después
el Rey que lave los nuestros.
Bendice, Jesús Bendito,
a cuantos tus pies besamos:
y a cuantos te han ofendido
perdónales su pecado.
A María saludemos
como a la Madre más bella,
y a José, el hombre bueno,
que cuida de Dios con ella.
Pedid por nosotros, pobres,
al que el más pobre naciera:
¡Que dé la paz a los hombres
y llene de amor la tierra!
Nace un Niño de una Virgen,
de una Virgen nace Dios,
de la estrella más humilde,
de una estrella nace el Sol.
Viene la Virgen María
caminito de Belén
sobre un jumento cenizo
que enjaezo San José.
Luce en su pecho una rosa
y orla su pelo un clavel,
y el tomillo de las sendas
va perfumando sus pies
«Arre, borriquito, arre,
que comienza a oscurecer,
¡y ha de ser esta noche
cuando nazca el Enmanuel»
Vamos contigo, Señora,
en borriquito o a pie,
a mecer en nuestros brazos
al Señor que va a nacer
Con respeto y con cariño
animados por la fe,
besaremos a tu Niño,
que es nuestro Dueño también
Oh Virgen Santa, María,
Piadosa Madre del Rey,
ruega a tu hijo por todos
ahora y por siempre. Amén.
Mi Niño nace
en una cueva:
el Cielo se abre
sobre la tierra;
la Virgen Madre,
fulgor de estrella,
entre pañales
al Niño lleva.
Venid,
pastores,
venid
corriendo:
nos ha
nacido
el Rey
del cielo.
La noche es fría,
de puro invierno;
la luna brilla
con rostro nuevo;
y ¡cómo giran
los mil luceros
para, deprisa
venir a verlo!
Venid,
zagales,
venid
en vuelo:
nos ha
nacido
el Niño
Bueno.
Como en un nido
lejos del mundo
y en el olvido
del pueblo suyo,
lace mi Niño,
yace desnudo,
adormecido
al son de arrullos.
Venid,
zagales,
venid
sin miedo:
la
joven Madre
nos
deja verlo.
De las alturas
un mensajero
con gran premura
anuncia el hecho:
en la figura
de pobre Siervo,
es criatura
el Dios Eterno.
Venid, zagales,
venid cantando:
el Rey más grande
está esperando.
De lejos vienen
los reyes magos,
desde el oriente
vienen mirando
un ser celeste
que está anunciando:
¡El Dios potente
es vuestro hermano!
Venid, pastores,
venid, cantando:
el Rey que nace
es nuestro Amo.
Con gran pobreza
Rey Soberano,
a tu presencia
nos acercamos:
de tu largueza,
con amplia mano,
el alma llena
de tus regalos
Venid, humanos,
venid, contentos
el Dios nacido
es todo nuestro.
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
Cayó una estrella,
celeste aviso;
sobre la tierra
prendió su brillo;
y en una cueva
- rincón sombrío -
abriose entera
cual flor de lirio
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
En un pesebre,
el heno limpio
- de tan alegre
ha florecido -
sirve de lecho,
humilde y tibio,
al Rey del Cielo,
que está dormido.
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
La Virgen Madre,
rubí encendido,
- sus ojos arden
de amor divino -
quiere abrazarle,
y en mil cariños
el pecho le abre
a darle abrigo.
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
Entre fulgores
han recibido
unos pastores
en el aprisco
al Mensajero
que les ha dicho:
“¡Corred ligeros,
Dios ha venido!
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
Tres grandes Magos
han comprendido
lo que los astros
daban en signos,
y por parajes
desconocidos
dan al mensaje
honor cumplido.
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
En esta noche
de invierno frío
el rey Herodes
se ha conmovido:
De entre las gentes
de sus dominios
un Rey Potente
ha resurgido.
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
¡Qué maravillas
han sucedido!:
en sombras frías
¡un Sol en brillo!;
un Rey tan grande
¡y sin castillo!;
la Virgen ¡Madre!
y Dios ¡un Niño!
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
Salten los montes,
suenen los ríos,
dancen los hombres
enloquecidos:
Desde los cielos
con el rocío,
el Germen Nuevo
ha florecido.
Vayamos todos…
El Niño Rey
por nuestra vida
nació en Belén;
junto a María
y el buen José,
él nos bendiga
ahora y siempre.
Amén, amén.
Vayamos
todos
a
ver al Niño;
vayamos
pronto
que
ya ha nacido.
Fogón inmenso de fría lava,
desmiga el cielo un mar de escamas:
flotando suaves, en desbandada,
las nubes ciernen su blanca lana.
Caricia y beso de invierno amigo,
mi rostro rozan los copos finos.
Arropan campos, ahogan ruidos
y queda el mundo de luz ungido.
Azúcar blanda, el noble abeto.
Tapiz de nata el parque muerto.
Lechoso el roble en puño enhiesto,
abraza airoso los copos sueltos.
El tordo pardo, el mirlo negro.
La fina ardilla de raudos quiebros,
sus huellas plasman, como reguero
de vida nueva que late en sueños.
Esparce, nieve, tu blanca siembra.
Empapa fértil, la dura tierra:
el vidrio terso de tu corteza
¡despierte un día en flor y fiesta!
Oh chopo esbelto, que yergues fiero
el tronco añoso al rudo invierno...
Si yo pudiera al descubierto,
desnudo y firme mostrarme entero!
Desgarra, nube, tu hinchado seno
y salte, densa, al valle en duelo
la Paz eterna, el Buen Consuelo,
que espera ansioso al hombre enfermo.
Y sigue suave soplando el viento,
y sigue blanco, helado el suelo,
y sigue erguido el árbol viejo...
Mis ojos siguen mirando al cielo
Al mundo besa con paz la noche,
como de amores sagrado broche.
Horas labradas
forjan el día;
perla engastada
cierra un collar;
años rodados
fraguan la vida;
ríos cansados
buscan el mar.
Llega a la Virgen su Hora;
la Virgen quiere cantar:
en brazos trae la vida
en un oscuro Portal.
Es entre todas las horas
la que hace al Sol despertar;
la que en espléndido día
rasga del cielo la paz.
Venid y ved al nacido;
venid a verlo mamar;
mirad que el pobre niñito
es Dios que viene a salvar.
Luces y sombras
tejen sus días;
gozos y penas
trenzan su andar;
años de amores
bordan la vida;
cruz de dolores
marca su faz,
Contigo quiero, María,
contigo quiero cantar;
contigo - ¡Ay qué alegría! -
al Niño Dios adorar.
Te abrazas, Señor, al mundo
y encuentras su rostro en sombras,
su voz sin calor alguno,
sus pasos en marcha loca.
Mira, Señor, qué seguro
cree moverse en la historia,
cómo, borracho de orgullo,
defiende fiero sus obras.
¡Y quieres nacer desnudo
en una olvidada choza,
para mostrarle el absurdo
del oropel de sus glorias!
¿No ves, mi Señor, el muro
que os separa y afronta
y que a tus finos impulsos
va a responder con la mofa?
¡Oh mi Señor, cuántos insultos
han de llevarte las horas
en estos afanes tuyos
de quererlo hacer tu esposa!
Las doce suenan en punto;
la noche rompe en Aurora;
el Verbo nace desnudo…
¿Enmienda el hombre sus obras?
Bendita seas, María,
bendito seas, Señor,
por siempre bendito el día
en que nació el Salvador.
Abríos, cielos, lloved,
rómpete tierra y germina
al Salvador de Israel,
al Sol de lumbre divina.
En la ciudad de Belén,
en una cueva escondida,
un asno mudo y un buey
dan al Señor acogida.
Corred, pastores, a ver
al Niño, vuestro Mesías;
mirad y verlo yacer
en cuatro pajas perdidas.
Venid, oh magos, y en fe
- con oro, incienso y mirra -
honrad al que es vuestro Rey
y de los cielos es guía.
Vamos nosotros también
a ver tan gran maravilla;
postrémonos ante él
y hagámosle compañía.
Palpad en esa su piel
la Paz que Dios nos envía,
y en esa boca de miel
su amor eterno en sonrisas.
Pues ha de ser esa sien,
que ahora apenas palpita,
donde en lugar de laurel
crezcan agudas espinas.
Jesús, mi gozo y mi bien,
contigo quede mi vida.
¡Cuando vengas como Juez
halle en tu voz acogida!
Bendito seas, José,
bendita seas, María,
y tú, bendito Enmanuel,
razón de tanta alegría
Brota del páramo un Lirio
y de la nube una Luz,
del seno virgen un Niño
a quien le llaman Jesús.
Bajo un chamizo sin nombre,
en un pesebre común,
yace el Señor de señores
sin oro, encajes, ni tul.
El cielo suelta sus labios
en fuego blando y azul.
Pastores, ángeles, magos…
¡Cantad al Dios de salud!
Y del ocaso y del norte
y del oriente y el sur
rinden los vientos sus voces:
¡Anda y adórale tú!
Trémulo soplo de aurora
adormecido en pajuz…
¡Que por mi Rey te conozca
cuando te duerma la cruz!
Venid, pastores;
mirad al Niño
recién nacido
en un pesebre,
capullo en flor;
venid a verle.
Palpad su rostro
- Dios con nosotros -
y abrid los labios
para besarlo:
¡Es el Señor!
Corra la voz
por el desierto
y por los montes:
¡Que Dios es nuestro,
que Dios es hombre
por puro amor!
Abrid los cofres
de vuestros dones:
que Él los llene
de sus mil bienes,
pues es su oficio
dar beneficios
al que le rinde
con gesto humilde
su corazón.
Santa María,
Madre divina,
Señora nuestra:
toma en ofrenda
para tu Niño,
con tu cariño,
nuestra pobreza,
nuestra obediencia
y castidad.
Y haz con tus ruegos,
buena Señora,
podamos verlo
con alegría,
cuando en su día,
lleno de gloria,
venga a juzgar.
También pedimos,
José bendito,
que nos consigas
del que tú cuidas
entre tus brazos,
fuerza en los pasos
de nuestra vida,
y del pecado
perdón y paz.
Venid, pastores:
Besad al Niño
recién nacido:
Desde el pesebre
honraros quiere
con su amistad.
Venid, pastores.
venid a verlo:
¡De humilde estrella
nació el Lucero!
La Virgen buena
de ojos buenos
muestra en sus manos
de terciopelo
la Luz más pura
y el Sol más bello,
y entre caricias
y dulces besos
nos da a su hijo
para ser nuestro.
Gloria al Dios santo
que abrió los cielos
y aquí en la tierra
paz y consuelo
a los que anhelan
amor sincero.
Venid, pastores,
venid corriendo
a ver al Niño,
de Dios el Verbo,
que, recostado
en limpio heno,
rige el destino
del universo,
y con la mirra
y el fino incienso
demos el oro
de nuestro afecto.
En un pesebre, lecho de hierbajos,
reposa el Enmanuel, oscuro Dios;
en un mundo florido de trabajos
la noche fría besa al mismo Sol.
Toscos pastores buscan por atajos,
páramos sin perfil, a su Pastor,
y, sin color, perfumes o agasajos,
adoran en el Niño al Salvador.
Hijos sin madre… , madres sin marido… ,
amores recortados por la cruz… ;
noches sangrantes, albas sin sentido,
rostros llagados, lágrimas sin luz…
vienen a ti y anhelan doloridos
que digas a cada uno: “En mí estás tú”.
La Virgen mece y lacta a su pequeño
con tiernos besos y encendida fe;
y el Niño duerme y mira en sus ensueños
a un mundo en odios que lo mira a él.
Sostiene en sus brazos María
al Niño, que Dios nos regala.
José embelesado lo mira
y el asno y el buey lo acompañan.
Pastores vinieron deprisa
a ver al que el cielo anunciaba.
Lo vieron y dieron noticia
que Dios con nosotros estaba.
De Oriente llegaron con mirra,
con oro e incienso en sus arcas
los Magos, y allí de rodillas
a Dios hecho hombre proclaman.
¡Y Herodes persigue con ira
al Rey que gobierna sin armas!
¡Y el pueblo insensato se olvida
de dar a su Dueño posada!
Vayamos pronto, ¡de prisa!
a ver al nacido entre pajas
y puestos con fe, de rodilla,
pidamos besarle en la cara.
Pues todo será maravilla,
si, abiertos los ojos del alma,
brindamos sincera acogida
al Dios, que en el Niño nos salva.
Entre los brazos,
José bendito,
meces al Niño,
que Dios nos dio.
Y con tus labios
besas el rostro
del más hermoso
capullo en flor.
Y es un mandato
de las alturas
que con tu ayuda
crezca en vigor.
Y esposo bueno
de Santa esposa,
que seas sombra
del mismo sol.
Pues tu palabra
será la guía
de la familia
del Creador.
Y con tu paso
de peregrino
hagas camino
al Salvador.
¡Viva a tu lado
la Virgen Madre,
y sé tú el padre
del Niño Dios!
Y por nosotros
pide a tu hijo,
José bendito,
la Salvación
La noche fría,
con luz de nieve.
José y María
junto al pesebre.
El mundo duerme…
¡Y Dios enciende
un nuevo sol!
La cueva oscura
rompe en fulgores.
Junto a la cuna
unos pastores.
Pues son los pobres
los posesores
de tan gran don.
Conoce el buey
y entiende el asno.
Ignora el rey
y yerra el sabio.
Dios soberano,
Tú tan cercano
al hombre fiel.
¿A dónde miran
mis pobres ojos?
¿A un mundo en ruinas
por sus antojos?
Puesto de hinojos,
te reconozco
como mi Dios.
Nos dijeron los pastores
que naciste en un pesebre
y venimos a ofrecerte
un solar para tus dones
Pues, como somos tan pobres
y hambre tenemos de bienes,
te pedimos que nos llenes
de tu amor los corazones.
Como el sol pinta las flores
y el orvallo tersa el césped,
rasga tú con luz celeste
la oscuridad de los hombres.
Bendito proclame el orbe
de corazón y de mente
al Dios que entre abrazos viene
a darnos de hermano el nombre.
Tus entrañas, horno ardiente
ante el misterio de fe,
se abren a Dios obedientes
para ofrecerle tu ser.
Tus ojos llueven estrellas
y orla luceros tu sien;
en tu regazo una perla:
el Ungido de Israel.
Tu cabello riza esmalte
y arde ternura tu piel;
a tus pechos Dios en carne
apaga el hambre y la sed.
Tus mejillas son frambuesas
y tus labios flor de miel;
Virgen de esponsal grandeza,
eres la Madre del Rey.
Y al mirar hacia el poniente
por tu hijo el Emmanuel,
un puñal de filo hiriente
clava en tus gozos la hiel.
Pues al querer Dios bendito
entre pecados nacer,
has, por madre, recibido
una cruz en su merced.
¿Que más podemos decirte,
Sierva tú y Señora fiel,
sino de hinojos pedirte
que nos conduzcas a él?
María, llena de gracia,
principio de nuestro Bien,
presenta a Dios la plegaria
que ponemos a tus pies.
“Santa María,
Madre de Dios,
pide por todos
gracia y perdón”.
En medio del silencio de la noche,
el más dichoso que jamás hubiera
en el pesebre ocasional de un porche,
de carne se vistió la luz eterna.
Y así fue que se unió en fraterno broche
el cielo excelso con la humilde tierra,
porque Dios, el Señor, en un derroche
de amor, Madre llamó a la Virgen Sierva.
¿Por qué no contemplamos las hazañas
que Dios obró, tan limpias y cercanas,
nosotros que de hombres nos gloriamos
por escrutar el mundo en sus entrañas?
¿Habremos ya perdido el entusiasmo
de vernos como somos en sus brazos?
Admiremos en Dios nuestro misterio
al contemplarlo frágil y pequeño.
¿Por qué, Señor, quisiste hacerte hombre,
vivir con mentes torvas y deseos
que habrían de clavarte por blasfemo
y hacer escarnio de tu santo Nombre?
Pues, siendo rico, naces solo y pobre,
y habitas, siendo santo, con perversos,
y hasta tal punto llega tu descenso
que mueres en la cruz entre ladrones.
¿Y quién podrá adentrarse en las razones
que todo un Dios, dichoso en su misterio,
tuvo para forjar, en drama intenso,
un mundo de tan drásticas tensiones?
Cruz y victoria, Rey bajo sayones,
vibrante espada y acoso de desprecios,
desnudo y rico y Vida por ser muerto,
resplandeciente Sol y nubarrones…
Pues naces en cabaña de pastores
y es un pesebre el fulcro de tus sueños,
dame el poder de comprender tu empeño
de hacerme eco fiel de tus amores.
En tus labios la sonrisa
y en tu rostro luz y fuego,
brillo terso en tus pupilas
y el alma en ascuas tus besos.
Duermes al Niño entre briznas
sobre un puñado de heno,
tus ojos limpios lo miran,
adivinando sus sueños.
Y, cuando tú lo acaricias,
al arrimarlo a tu pecho,
cómo, Señora, te envidian
los serafines del cielo.
Deseas que sus mejillas
las cubra yo con mis besos
y que al oído le diga
que por amigo lo quiero.
Dame, Oh Virgen María,
ser su leal compañero,
pues por hermano se brinda
al entregarme su afecto.
Y haz que mis pasos le sigan
por donde él va primero,
aunque la cruz en la cima
descubra su rostro fiero.
Ha nacido el Salvador,
ha nacido el Enmanuel,
ha nacido nuestro Dios,
ha nacido nuestro Rey.
Viene a su pueblo el Señor
en la ciudad de Belén,
y es como abierta una flor
entre María y José.
Con su luz -es nuevo Sol-
ilumina todo ser;
con su vida -Buen Pastor-
alimenta al pueblo fiel.
¡Qué humana tiene la voz!
¡Es dulce como la miel!
Es celestial Bendición
que contiene todo bien.
Danos, María, el favor,
con el bendito José,
de besar con todo amor
al que adoramos con fe.
Ha nacido el Salvador,
¡el esperado Enmanuel!
hecho hombre todo un Dios
entre la mula y el buey.
Bendito seas, Señor,
y alabado tú, mi Rey;
para ti mi corazón
ahora y por siempre: Amén.
La luna, pupila blanda,
enmudece las estrellas,
la Virgen, con su mirada,
abrillanta la más bella.
En los linderos del orbe
juguetón trista un cometa,
en el fragor de los hombres
extrema Dios su presencia.
¿No es el tomillo oloroso
por más humilde que sea?
en un establo ruinoso
se abre la rosa más fresca.
Bajo párpados de nácar
sueñan un cielo dos perlas,
sobre un manojo de paja
levanta el Señor su tienda.
Suelta el tronco espinoso
burbujas de primavera;
el Dios todopoderoso
nace de humilde doncella.
Desmiga el agua las rocas
y el viento estruja las piedras,
¿de amores sus ansias locas
quebrarán nuestra soberbia?
Creador de los espacios
y Señor de las esferas,
bendícenos como hermano
y danos la vida eterna.
Hiciste, Señor, tuya nuestra historia
- crímenes, odios, lágrimas sin mengua -.
la humana sangre enrojeció tus venas
y por blasón tomaste nuestra escoria.
Nuestra malicia despiadada, sorda
a los gritos de amor de tu alma tierna,
clavó sus garfios cínicos, de fiera,
en tus entrañas como don de bodas.
Pues nos besaste como a propia esposa,
aún siendo carne de burdel enferma,
y hermano declaraste sin reservas
a quien negaba tu amistad hermosa.
¿Cómo, señor, quisiste, a tu memoria,
plasmar un cielo con tan densa niebla
y empañar los fulgores de tu gloria
con el fango brutal de nuestra tierra?...
Portal y bestias, pajas y pesebre,
José y María, Ángel y pastores,
relumbre sideral, lejanos reyes,
el orbe en paz y tú, Señor, que duermes...
¡Ten piedad de nosotros pecadores!
Desatan las olas su cresta de espuma
y acolcha con ella la brisa en la cuna
un blando y florido edredón a Jesús.
Desliza risueña su rostro la luna
y espesa el aliento del buey y la mula
en copo de seda y capullo de tul.
Diluye el perfil de José la penumbra
y sólo sus ojos, ¡en llamas!, relumbran
al ver a una Virgen al Sol dar a luz.
El Dios de los cielos nació criatura
y en siervo cambió su divina figura:
pastores y magos lo adoran con fe.
Su madre, María, en los brazos lo arrulla
y da de sus pechos humana pastura
al que es el Cordero y Pastor de Israel.
Vayamos nosotros también a la gruta
-los ojos abiertos y el alma desnuda –
y un beso ofrezcamos al Niño Enmanuel.
Que no hay en la tierra más grata ventura
ni don más excelso ni gloria más pura
que vernos mirados por Cristo el gran Rey.
En un pesebre
-pajas y heno-
mi Niño llueve
calor de cielo.
Sobre su frente
brilla un lucero;
la luna envuelve
de luz su cuerpo.
En un pesebre,
mi Niño bueno
dormido teje
un tul de sueños.
Su voz enciende
un mundo nuevo,
¡es el orfebre
del universo!
¡Su Madre buena
cómo lo mira,
cómo lo besa
en las mejillas!
¡Son tan hermosos
aquellos ojos
y tan divinas
sus dos pupilas!
¡Qué lindo verlo,
con nuestro rostro,
tomar cual propios
los males nuestros!
Dame, mi Niño,
dame, te ruego
gustar los sueños
que en lo escondido
tu vas tejiendo.
¿Dónde están hoy los luceros
y el medallón de la luna?
En un pesebre -¡su cuna!-
un Niño juega con ellos.
La noche espesa su entraña
en el cenit de sus horas...
A su Señor, juguetonas,
tejen un tul las arañas.
Y ahoga. el viento sus bríos
y el huracán sus querellas...
Sobre el Portal una estrella
festeja al recién nacido.
El buey y el asno a su Dueño
con el aliento encapullan;
centinela, la lechuza
suave sisea sus sueños
Con santo temblor contempla
el buen José a su Pequeño
y su esposa, todo cielo,
mece al Niño en su pechera.
Bendito, Tú, que quisiste,
para borrar lejanías,
elegir, cuando nacías,
esta nuestra carne humilde.
Sin que nadie conociera
la densidad de tu Nombre,
siendo Dios te hiciste hombre
en una apartada cueva.
Corramos con los zagales
a postrarnos ante el Niño,
el Dios-con-nosotros Vivo
nos hará sus familiares.
Reverencian animales
a su Rey en un establo,
¿dónde el notable y el sabio
que no ven estas señales?
¿Por qué se atilda el romero
y se perfuma el tomillo,
si el sol alarga su sueño
y olvida la luna el brillo?
¡De virgen y humano seno
Dios hecho hombre ha nacido!
¿Por qué en la estepa la esquila
ensancha su voz de plata
y las estrellas titilan
como burbujas del alba?
¡Dios en rocío destila
Al Hijo de sus entrañas!
¿Por qué de improviso enciende
su informe seno la noche
y en rayo de luz se vierte
sobre olvidados pastores?
¡Yace en humilde pesebre
el Salvador de los hombres!
¿Y dónde están, con Herodes,
en esta noche agraciada,
los poderosos del orbe
para poder celebrarla?
¡Si viene Dios a los pobres
y tiene el amor por armas!
Reverdezca el árbol seco,
despierte el páramo en flores,
rompa la noche en colores...
¡Y sea el silencio el eco
a los divinos amores
que Dios prodiga sin tiento!
Vete animoso a Belén
y adora al Niño en la cueva:
Dios quiere darte con él
de su amor la mayor prueba.
Ha nacido el Emmanuel:
¡Dios-con-nosotros te espera!
Con María y con José
ofrezcamos nuestros dones,
esperanza, firme fe
y amor a Dios y a los hombres;
tan sólo así podrá ser
Rey de nuestros corazones.
El cielo, todo pupilas,
un beso estampa de luz;
el ángel dice a María:
“Madre de Dios eres tú.”
Rasga la nube su gasa
y arde la tierra en frescor;
María no encuentra casa
donde alumbre el Salvador.
El tronco esponja su entraña
y surge un vástago en flor;
en una humilde cabaña
de Virgen nace el Señor.
Los montes floran romeros,
la abeja cuece su miel;
unas ramitas de espliego
abrigan al Enmanuel.
Rugen bravíos los mares
y fiero arrolla el tifón;
al arrullo de animales
abre sus ojos el Sol.
Muertes, odios, sangre y guerra,
esclavitud y opresión;
a la sombra de una cueva
ha nacido nuestro Dios.
¿Y dónde están los tan nobles,
los del poder y el honor?
¡Si es el Dios de los pobres
quien nos da su Bendición!
Danos, Señor, conocerte
y hallar en ti la Verdad,
pues Tú naciste inocente
para enseñarnos a amar.
En medio del silencio de la noche,
el más dichoso que jamás hubiera,
en el pesebre ocasional de un porche,
de carne se vistió la Luz eterna.
Y así fue que se unió en fraterno broche
el cielo excelso con la humilde tierra,
porque Dios, el Señor, en un derroche
de amor, Madre llamó a la Virgen Sierva.
¿Por qué no contemplamos las hazañas
que Dios obró, tan limpias y cercanas,
nosotros que de hombres nos gloriamos
por escrutar el mundo en sus entrañas?
¿Habremos ya perdido el entusiasmo
de vernos como somos en sus manos?
Admiremos en Dios nuestro misterio
al contemplarlo frágil y pequeño.
Nos dijeron los pastores
que naciste en un pesebre
y venimos a ofrecerte
un solar para tus dones.
Pues como somos tan pobres
y hambre tenemos de bienes
te pedimos que nos llenes
de tu amor los corazones.
Como sol pinta las flores
y el orvallo tersa el césped,
rasga tú con luz celeste
la oscuridad de los hombres.
Bendito proclame el orbe
de corazón y de mente
al Dios que entre abrazos viene
a darnos de hermano el nombre.
Tus entrañas, horno ardiente
ante el misterio de fe,
se abren a Dios obedientes
para ofrecerle tu ser.
Tus ojos llueven estrellas
y orlan luceros tu sien;
en tu regazo una perla:
el Ungido de Israel.
Tu cabello riza esmalte
y arde ternura tu piel;
a tus pechos Dios en carne
apaga el hambre y la sed.
Tus mejillas son frambuesas
y tus labios flor de miel;
Virgen de esponsal grandeza,
eres la Madre del Rey.
Y al mirar hacia el poniente
por tu hijo el Emmanuel,
un puñal de filo hiriente
clava en tus gozos la hiel.
Pues al querer Dios Bendito
entre pecados nacer,
has, por madre, recibido
una cruz en su merced.
¿Qué más podemos decirte,
Sierva tú y Señora fiel,
sino de hinojos pedirte
que nos conduzcas a él?
María, llena de gracia,
principio de nuestro Bien,
presenta a Dios la plegaria.
que ponemos a tus pies.
“Santa María,
Madre de Dios,
pide por todos
gracia y perdón”.
En una cueva sin dueño
nace el Dueño universal;
los propios siervos lo ignoran
mas los extraños lo adoran
como a su Rey y Señor.
El Creador de los hombres
siendo, Dios se hace un mortal;
los soberbios lo rechazan
y los humildes lo abrazan
como a su hermano mayor.
De él el mundo se mofa
por su manera de obrar;
un pesebre lo revela
como el poder y la. ciencia.
de un ilimitado amor.
Pues esclavos del pecado
Nos quebraba eterno mal;
su carencia nos libera
y libres ya nos encierra
en las entrañas de Dios.
Gloria a Dios en las alturas
y a las gentes santas paz;
todo es luz en esta día
pues del seno de María
hecho hombre nace Dios.
La luna trenza luceros
sobre almohadones de tul:
la Virgen teje sus sueños
con ramilletes de luz.
Los riscos hurgan veneros
y el mar revienta de azul:
sobre unos haces de heno
“Dios-con-nosotros”, Jesús.
Novas, con guiños de jade,
bordan los cielos en flor:
a María dice el ángel:
“Tú eres la Madre de Dios”.
Locas trepidan las gentes
en oquedades de horror:
en las pajas de un pesebre
los pobres ven al Señor.
La noche escancia rocío,
la estepa ríe verdor:
la Virgen besa a su Niño
y nos lo da Salvador.
Gritos, lamentos y ayes,
un mundo roto en furor:
Dios-hombre entre unos pañales
nos mira lleno de amor.
Los vientos siembran auroras
y el alba riela candor:
María, nuestra Señora.
duerme en sus brazos a Dios.
Podridas ansias mi vida,
en vanidad de ilusión:
dame, Señor, por María
llenar de ti el corazón.
2001
Regala la Virgen sus ojos enteros
al Niño que mecen benditos sus brazos,
deshoja encendida la flor de sus labios
en ósculos blandos –latidos de fuego–
y funde su rostro en el suyo nimbado de luz.
¿Trepidan los párpados?: sueños sombríos…
¿Se agita la mente?: visión de futuro…
Cadáveres, sangre, rencores profundos…
–espada punzante en pecho florido–
emplazan brumosos al Niño en la cruz.
¿Por qué el firmamento no llueve relámpagos
y rasgan en himnos los vientos su entraña…
y el sol no adelanta jovial la mañana…
y el hombre a sus pies no se arroja postrado
si el Niño que nace es el Hijo de Dios?
Silencio candente –pregón del misterio–;
pastores atónitos, tácito el mundo…
pañales y pajas, pesebre desnudo…
revelan a un Dios, cercano y pequeño,
que viene a ser siervo en lugar de ser Rey.
Vayamos gozosos a ver a este Niño,
consuelo y corona de toda la tierra;
veamos cumplidas en él las promesas
que Dios por sus santos hiciera de antiguo:
hacer carne nuestra su propio destino
y ser siempre nuestro y nosotros de él.