a las religiosas
Bajó del Cielo
en haz brillante
el Santo Fuego,
posó en tu seno
y en un instante
surgiste Madre
del Salvador:
la más hermosa
y prodigiosa
que Dios creó.
Eres la Concha
que abrió sus
puestas
a tanta honra,
y de tu arena
tomó la forma
la Santa Perla,
Cristo el señor.
Bajo las sombras
del Santo Espíritu,
el sol sin mancha
pidió morada
dentro de ti,
y en un alarde
de maravillas
cambió tu vida
al dar tu sí.
Tu seno humilde
le dio su carne
y siendo Virgen
quedaste Madre:
¡la Madreperla
más sorprendente
que jamás viera
la luz del sol!
Tú que acogiste
tan Santa Gloria
y nos pariste
al que es la Joya
de todo ser,
danos vestirnos
del mismo Cristo
Y en buenas obras
ser su corona
e imagen fiel.
Entre tus brazos
el Niño Bueno,
y de tus labios
un santo beso
al que es el Amo
del universo,
Señor y fuente
de todo bien.
¡qué gran regalo,
sin merecerlo
llevar pegado
junto a mi pecho
al Soberano
de tierra y cielo!
Deja en mis manos,
Madre, te ruego
a tu pequeño:
en mi regazo
llevarlo quiero.
Virgen María:
con tu consuelo
en mis trabajos,
llegada al día
de poder verlo,
de contemplarlo
en alma y cuerpo
unida a Ti.
En unas bodas
-con tus maneras
siempre maternas
de hablar a tu
Hijo-
diste a su Hora,
por vez primera,
abrirse en gloria
de Salvación.
El agua en vino
quedó cambiada,
y en aquel signo
manifestada
la Buena Nueva
-poder de Cristo-
que nos eleva
de tierra opaca
a luz de Dios
“No tienen vino,
intercediste;
están vacíos,
por eso tristes;
sin el espíritu
que prometiste
y ya no saben
dónde apoyarse,
muertos de sed.
A ti, que llena
del vino Nuevo
por medianera
nos concedieron,
te suplicamos
vuelvas tu rostro
y por nosotros
abras tus labios
transfigurados
ante el Señor.
Danos la fuerza
del santo Espíritu
que dé sentido
a nuestras vidas
en la alegría
de ser los hijos
de todo un Dios.
En el Calvario
junto a tu Hijo,
el Buen Jesús,
tu pecho amargo
dejaste fijo
clavado en cruz,
y bien pagado
tu sacrificio
nos diste a luz.
Tú eres del Padre
la bien amada,
y por ser Madre
siempre escuchada.
pues que tan
grandes
Son tus palabras,
y tus plegarias
los cielos abren,
sea tu auxilio
el que nos guarde
y del peligro
siempre nos salve.
Madre y Señora:
somos tus hijas
pide en la hora
de nuestra ida
llegar a Dios.
En una estancia,
junto a los tuyos,
orabas tú;
y en el murmullo
de la plegaria
y fe común,
abrióse el cielo
y voz y fuego
la Iglesia hicieron
mansión de luz.
Dijiste “fiat”
y tu res puesta
mudóse en flor:
estás abierta
a lo divino
en la oración;
y como sierva
siempre en servicio
de tu Señor,
pronto la lengua
presto el oído
para su voz,
con el Amigo
que de continuo
habla de amor.
Danos la gracia,
Señora nuestra,
de ser maestras
en la plegaria;
de estar clavadas
con nuestro
espíritu
en las entrañas
de Jesucristo,
Ser su palabra
ser sus oídos,
ser su mirada
ser su sentido,
y con la Iglesia
un alma sola
que lo pregona
como una esposa
fundida en él.
Tienen tus ojos
la transparencia
del santo Gozo,
tan luminosos,
muestran la esencia
del Poderoso;
y como fosos
de trascendencia
cantan la herencia
que un día todos
han de vivir.
Lleva tu seno
la luz del día,
el Sol eterno
que siempre brilla.
¡Ay qué contento
cuando ilumina
mi pobre vida
y en un reflejo
de limpio espejo
soy luz divina
nacía en ti.
Virgen María,
llena de gracia,
dame la dicha
de ser tu esclava,
se mi abogada;
tú, Madre mía,
ruega por mí.
Tu rostro terso,
sin mancha alguna,
y sobre el pecho
las manos juntas
-piadoso gesto
del alma pura-
eres incienso
que las alturas
unge de flor.
Tienes el alma
en Dios hundida,
configurada
con su medida;
y es su Palabra
(en ti escondida)
la que te alcanza
y te destina
a ser en gracia
la concebida
Inmaculada
Madre de Dios.
¡Oh, qué hermosura
ser azucena
y de blancura
vestir la tierra!
Tú que perfumas
nuestra existencia
con la presencia
de tu persona
y nos otorgas,
ten complaciente
al que es la fuente
del Buen Olor,
haz, te rogamos
que los trabajos
de nuestras manos
brinden aromas
que hablen de Dios.
De tu figura
tienes la luna
por escabel;
y en tu cabeza
florón de estrellas
como dosel;
y la Serpiente
furia impotente
bajo tus pies.
Aunque ignoraste
por experiencia
lo que es pecado,
bien lo gustaste
por tu dolencia
en el Calvario.
aquellos duelos
son hoy luceros
sobre tu sien;
y aquella sangre
que derramabas
dentro del alma
te hicieron Madre
y Esposa Fiel.
soy pecador,
y arrepentido,
de ti yo pido
gracia y perdón.
¡Y quien pudiera,
como una estrella
resplandeciente,
lucir tu frente,
y, por tu gracia,
ser esmeralda
de mis destellos
sobre tu cuello
hasta la muerte.
Madre, te ruego,
vengas conmigo
de compañera
por el camino,
Jesús tu Hijo,
sagrada Prenda
de eterna Paz.
a la virgen
traida de alemania
He venido desde
lejos
para vivir con
vosotros,
para mostraros mi
rostro
y ofreceros mi
Consuelo.
Y pues soy Madre
Clemente
y me desborda el
cariño
generosa os doy mi
Niño
que bendice
sonriente.
Practicad con todo
empeño
cuanto sus labios
os digan
que no es otro su
deseo
que concederos la
Vida.
Maternal os
acompaño
en el afán de
quererlo
al impulso de mis
manos
y al calor de mi
Consejo.
Madre soy del Buen
Consejo
Virgen y Madre
Clemente
Señora soy del
Consuelo
venid, que en mí
está la Fuente
Miren tus ojos
Los ojos míos:
déjenlos rojos
de amor divino.
Sean tus niñas
de claro vidrio
donde las mías
sientan alivio.
Sean tus manos
de buena Madre
vera y cayado
en que yo ande.
Sean tus labios
de gracia llenos
por mis pecados
continuo ruego.
Sea tu rostro
y bella frente
perenne gozo
hasta la muerte.
Y el Niño Bueno
de tus entrañas:
eterno premio
para mi alma.
La Virgen que en mi
aposento
yo tengo por
compañera:
Me mira, la miro,
siento
mi alma prendida en
Ella.
Mira a este fraile
que mira.
Habla a este fraile
que ruega.
Abre tus labios de
vida,
por este siervo que
espera.
1996
Dejas el mundo
hostil, de antojos ruines,
y remontas en
grácil movimiento
las auras
celestiales más sublimes
para gozar con Dios
en dulce encuentro.
¿Fue un blando
sueño, arrullo de jazmines,
el que impregnó de
luz tu santo cuerpo,
o de la humana
noche el beso humilde,
para gustar con
Cristo su misterio?
¿Olvidarás ahora
nuestra suerte
-en valle del
llanto peregrinos-
tú que en soplo
leve -sueño o muerte-
eres ya en plenitud
candor divino?
¡Cuánto más ha de
ser ahora fuerte
la piedad que nos
tienes en tu Hijo,
cuando el cielo
agiganta tus amores
como Madre de Dios
y de los hombres!
Tengo una Virgen de
talla hermosa
Tengo una Virgen de
rostro noble
Tengo una Virgen de
recio roble
Tengo una Virgen de
tiempo añosa.
Ay cuántas cosas le
digo, pobre.
Ay cuántas cosas me
dice atenta:
Ojos y labios,
sonrisa abierta.
Alma de Madre y me
socorre.
Guardo su estampa
en mi memoria.
Llevo su imagen en
mi recuerdo.
Vivo y canto, y me
recreo,
como si fuera mi
eterna novia.
Madre y Virgen y
Compañera,
Digna de amores en
los trabajos.
Siempre a mi lado.
Tus pies ligeros
- los mensajeros
de parabién -
fueron veloces
por esos montes
donde Isabel;
y en tu saludo
- con la alegría
de tu venida -
dieron al mundo
al Enmanuel.
Bellos los labios
de los que anuncian
la Buena Nueva;
santas las manos
de los que abundan
en obras buenas;
castos los pasos
de los que buscan
la Vida eterna,
y ojos benditos
los que relumbran
la faz de Cristo
como en cristal:
por ellos llega
con toda fuerza
el evangelio
de amor y paz.
Yo con tus manos
Samaritano
deseo ser;
y con tus pasos,
un pregonero
audaz y fiel;
y con tus ojos,
fulgor de Cristo
(fundido en Él)
Él todo mío
yo toda en Él.
Hazme, Señora,
ser transparencia
(- voz y memoria -
)
de la presencia
de tu bondad:
que todo el mundo
vea en mis obras
afán desnudo
de toda honra,
y sólo el grito
de amar a Cristo
Señor y Rey.
Bajó del cielo
la Luz del Padre,
y en raudo vuelo
en voz del ángel
vino a posarse
en Nazaret.
Y en una Virgen,
esposa dada
al buen José,
fijó morada:
en gesto humilde,
de sus entrañas
quiso nacer.
La Voz que un día
la aurora hiciera,
y en alegría
al mundo diera
en su grandeza
sabor y luz,
se hizo carne.
¡Un ser humano
en sed y hambre,
gozo y dolor!
Y la Palabra
se hizo hombre,
y desde entonces
la Iglesia canta
bendito el nombre
de nuestro Dios.
Bendito seas,
divino Rostro,
que con nosotros
en la pobreza
quieres vivir.
Bendita seas,
Virgen María
que tan sencilla
tú toda entera
dijiste “SÍ”.
Eres, María, mi
Reina,
eres, María, mi
luz;
eres, María, la
senda
que me conduce a
Jesús.
Eres María, una
rosa,
eres, María,
candor:
eres el Arca
preciosa
donde se encuentra
el Señor.
Eres, María, su
Sierva:
la que su voz
escuchó
eres la Madre
doncella
que concibió a
nuestro Dios
Eres la Virgen más
bella
eres la Esposa más
fiel,
eres la Madre más
tierna
y eres el trono del
Rey.
Llevas corona de
estrellas
como diamantes en
flor,
quiero tornarme yo
en ellas
para mirarte mejor.
Quiero vivir a tu
lado,
quiero sentir tu
calor;
quiero poner en tus
manos
mi deseo y oración.
Cura lo que haya de
malo
dentro de mí,
pecador;
limpia mis ojos
manchados
y dame la
salvación.
Dame, María, ser
casta,
dame, María, ser
fiel,
dame vivir con
entraña
la grandeza de la
fe.
Yo quiero ser hija
tuya
y siempre estar
junto a Ti,
y Tú, sin par Virgen
Pura,
nunca te olvides de
mí.
Toda te entrego mi
vida
y hasta la muerte
también:
ruega por mí, Madre
mía
ahora y por siempre
amén.
Al servicio de
Madre
fuiste llamada
y en oficio tan
grande
santificada
para en alma y
cuerpo
llena de gracia
ofrecer a tu Dueño
digna morada.
Al comienzo del
tiempo
fuiste pensada,
en amores mecida
Inmaculada;
como flor de lucero
canto de Aurora
de la luz y la
Gracia
anunciadora.
Sobre luna de nácar
posas Señora
y en fulgor de
esmeraldas
ciñe corona,
A la antigua
serpiente
vil y traidora
atenazas de muerte
con tu victoria.
A violetas y acacia
huelen tus ropas
y a la Fiesta del
Reino
vas como Esposa:
Al Señor, Hijo tuyo
ruego piadoso
que conceda a los
suyos
vida gloriosa.
Tu rostro terso,
sin mancha alguna,
y sobre el pecho
las manos juntas
- piadoso gesto
del alma pura -
eres incienso
que las alturas
unge de flor.
Tienes el alma
en Dios hundida,
configurada
con su medida;
y es su Palabra
(en ti escondida)
la que te alcanza
y te destina
a ser en gracia
la concebida
Inmaculada,
Madre de Dios.
¡Oh qué hermosura
ser azucena
y de blancura
vestir la tierra!
Tú que perfumas
nuestra existencia
con la presencia
de tu persona,
y nos otorgas,
tan complaciente
al que es la fuente
del Buen Olor,
haz, te rogamos,
que los trabajos
de nuestras manos
brinden aroma
que hable de Dios.
De tu figura
tienes la luna
por escabel;
y en tu cabeza,
florón de estrellas
como dosel;
y la Serpiente,
furia impotente,
bajo tus pies.
Aunque ignoraste
por experiencia
lo que es pecado,
bien lo gustaste
por tu dolencia
en el Calvario.
Aquellos duelo
son hoy luceros
sobre tu sien;
y aquella sangre
que derramabas
dentro del alma
te hicieron Madre
y Esposa fiel.
Soy pecador,
y arrepentido,
de ti yo pido
gracia y perdón.
¡Y quién pudiera,
como una estrella
resplandeciente,
lucir tu frente,
y, por tu gracia,
ser esmeralda
de mil destellos
sobre tu cuello
hasta la muerte.
Madre, te ruego,
vengas conmigo
de compañera
por el camino,
Jesús tu Hijo,
sagrada Prenda
de eterna Paz
Radiante el alma
sin mancha alguna,
INMACULADA
es tu figura,
llena de luz.
Y de colores
brillan tus obras,
por los amores
que te desbordan
hacia Jesús.
De azul y blanco
vistes al alba;
de fuego y llanto
cuando te alzas
junto a la Cruz.
Por tu fe casta
eres dichosa;
y por esclava
eres Señora
Madre de Dios.
Con el Sí limpio
de tu persona
eres principio
de nuestra gloria
y salvación.
Traes al mundo
todas las gracias
y eres orgullo
de nuestra raza
capullo y flor.
Pues de tu sangre
-gozos y penas-
toma la carne
quien se revela
Dios Redentor.
Contigo santa
la Iglesia toda
humilde canta
la Buena Hora
de tal favor.
Muestra, Señora
ser nuestra Madre,
consoladora
del que te abre
su corazón.
De tu blancura,
danos ser puros
y con tu ayuda,
pues somos tuyos,
danos a Dios.
Mira piadosa
nuestra flaqueza
y generosa
por todos ruega
ante el Señor.
I. Fe
Al Señor, dador de
vida,
concebiste tú,
María,
en tu mente por la
FE;
y en tu seno
consagrado
por la fuerza del
Espíritu,
se hizo el Verbo
ser humano,
compañero y buen
amigo,
y nació de ti en
Belén.
Desde entonces tu
figura
- en placer y en
amargura -
queda siempre unida
a él.
Tú, Bendita, lo
creíste
como Dios venido en
carne,
y aunque en brazos
lo tuviste
- era barro, sed y
hambre -
lo adoraste como
Rey.
Vivo y suelto,
descarnado,
- de Nazaret al
Calvario -
pronunciaste un
limpio “Amén”.
Sea un “Sí” nuestra
respuesta
al favor de su
palabra;
un amén en la
obediencia
a llevarlo en nuestra
entraña,
como hermano y
Enmanuel.
Tú, que tienes ojos
limpios
y los nuestros ves
sin brillo,
ruega a Dios nos dé
tu FE.
Amén.
II. Esperanza
Fue tu Espera:
Zarza, que arde y
no se quema,
clara estrella de
la tarde,
que, encendida, ya
refleja
la lumbrera matinal
Esperanza
de una madre
- ¡propia carne! -
pura entraña,
que se abre y da la
Luz.
En tu seno
la Promesa;
y con ella,
tu ser lleno
de fulgor.
pues esperas,
y te acercas
al misterio
como hija,
como esposa,
como Madre
del Señor.
Mantén viva en mis
entrañas
- cuerpo y sangre,
alma y carne,
zarza que arde
sin quemarse -
la Palabra del
Señor.
En tu Espera
pon la mía:
quiero, alerta,
mientras viva,
esperar
a mi Señor.
III. Amor
Flores tus labios,
flores tus ojos,
flor tu regazo,
- púrpura y oro -
dosel y trono
del Salvador.
Flores tus manos,
flores tu pecho,
que dan regalo,
con el sustento,
al Santo Cuerpo
del Creador.
Flores tus gestos,
flor tus andares,
flores el seno
de donde nace
nuestro Señor.
Flor cuando
abrazas,
flor cuando besas,
flor cuando trenzas
con tus palabras
y tus miradas
una canción.
Flor cuanto dices,
flor cuanto callas,
cuando bendices
y cuando alabas,
todo en ti es flor.
Gozo y contento,
pena y dolores,
canto y silencio…
todo so flores,
todo es amor.
Pues tu persona,
Reina y Señora,
es ella toda,
toda una flor:
En ella mora
la santa gloria
de Cristo Dios.
IV. La Cruz
Junto a la cruz
estabas,
Virgen María,
y a Señor mirabas
cuando moría.
Tu corazón crujía,
sin dar palabra,
y el dolor consumía
toda tu entraña.
Cómo de aquellas
llagas
la sangre huía,
hontanar de aguas
claras,
de eterna vida.
Junto a la cruz
bendita
y en tu persona
quiero cumplir mis
días
hora tras hora.
Danos gustar,
Señora,
tu compañía,
y vivir a la sombra
de tu valía.
Madre en la cruz
nombrada
por nuestra dicha,
sé tú nuestra
abogada
y nuestra guía.
Amén.
V. Inmaculada
Copo y rocío,
cristal sin mancha,
rubí encendido
al sol del alba;
jardín henchido
de flores blancas,
Inmaculada,
llena de gracia,
vienes de Dios.
Y como novia
engalanada,
como paloma
de raudas alas,
canto y aroma
de nuestra patria,
inmaculada,
llena de gracia,
vuelas a Dios.
¿Quién eres tú?
De las alturas
es tu hermosura,
y como fuego
de llama pura
a nuestro suelo
- maleza y bruma -
traes la Luz:
Cristo Jesús.
Te hicieron Madre:
regazo inmenso,
corazón grande,
al que en derecho
viene a saciarse
quien con empeño
busca la Paz.
En Jesucristo
somos tus hijos
los pecadores;
y en el Espíritu
son tus amores
nuestro cobijo,
gracia y perdón.
Tú que eres limpia
y Madre buena,
y a Dios suplicas
por quien te ruega,
danos benigna
en esta Fiesta
tu Bendición.
VI. Consagrada
Y fue tu vida una
ofrenda
desde la aurora a
la tarde,
palabra y obra
perfecta
de ser tú Virgen y
Madre.
Virgen fuiste sin
mancilla
con alma y pecho
gigante,
y Madre, donde la
Vida
brindó su fuente de
balde.
- A Dios por
siempre entregada
en obediencia
constante,
en la pobreza
enjoyada
de castidad
transformante. -
En un amor dos
tuviste
en conexión
admirable,
pues Virgen y Madre
fuiste
en un mismísimo
instante.
Virgen a Dios
concebiste
y Madre a Dios lo
criaste;
Virgen al hombre
tuviste,
cuando a tu Hijo
engendraste.
Uno haz de mis
amores
tan variados y
dispares,
para en palabras y
acciones
tan sólo a Dios
entregarme.
Pues eso son mi
obediencia
y mi pobreza
abundante:
la castidad más
perfecta
en caridad
desbordante.
VII. Pobreza
El Niño más noble
que el cielo nos
diera,
nación en carne
pobre
de humilde
Doncella;
y sólo pastores
en noche de vela
le dieron sus dones
en mísera cueva.
¿Podré yo a los
hombres
mostrar la grandeza
de aquel que se
esconde
en choza sin cerca?
Pues sois vos,
Señora,
la Madre y la Reina
que ciñe corona
de angustias y
penas,
tomad de los dones
que ofrezco
sincera,
en ramo de flores
mi pobre riqueza.
Que quiero yo al
Niño,
desnudo y en
tierra,
cubrir con el
brillo
que dé mi pobreza.
VIII. Obediencia
Y fuiste obediente:
al Dios de los
cielos
abriste tu mente;
abriste tu seno
al sol más
luciente,
que vieran los
tiempos.
La cruz iba dentro
teñida de sangre,
y fuiste tú Madre
en todo momento:
Belén y Calvario,
taller y hospedaje,
sepulcro sellado,
tinieblas mortales…
y ahora a su lado,
en trono de jaspe,
recibe remate
el sí confiado
que dieras al
Ángel.
Yo quiero imitarte,
y un sí decidido
gritar por mi
parte:
Señor Jesucristo,
yo sigo tus pasos:
en penas y alivio,
en gracia y olvido,
Belén y Calvario…
Yo sé, buen amigo,
que al fin del
camino
me esperan tus
brazos.
IX. Madre de Dios Y Madre
nuestra
Son tu vida y amor un
testimonio,
y son también un canto de alabanza,
un servicio materno, sin tardanza,
al hombre que en
pecado muere solo.
Nos entregaste a
Dios en don precioso,
que, al ser hombre
y llevar nuestra semblanza,
dio a nuestra carne
débil la esperanza
de verlo en gloria
y ser con él gloriosos.
Y fuiste tú,
Señora, la que diera
al gesto celestial
de amores tantos
un Sí resuelto,
fiel y sin quebranto
de abrir el corazón
- en gozo y pena -
al mundo entero
bebedor de llantos:
al ser Madre de Dios te hiciste nuestra.
Sea por siempre a
Dios la gloria dada
- Padre, Hijo y
Espíritu Sagrado -
que en sus amores
te hizo Inmaculada.
1987
La Anunciación
(Día Primero)
Oíste, Señora, de
labios del Ángel
que el Dios
Poderoso
quería en tu seno
fijar su Mansión.
Y diste gozosa en
tu entraña de Madre
cobijo amoroso,
cumplido Aposento
al Rey tu Señor.
De en medio de ti,
como sol, sin quemarte,
nació nuestro
Dueño,
Amigo y Hermano,
el Hijo de Dios.
¡Bendita por
siempre, pues diste en tu carne
color a su rostro,
ternura a su gesto
y timbre a su voz.
Pues eres, Señora.
la Madre del Verbo,
¡la Madre de
todos!,
pedid por nosotros
su gracia y favor.
Queremos que el
Dios que en tu seno llevaste
consagre en morada
el cuerpo y el alma
que él mismo nos
dio,
y ser, por tu
medio, benditos del Padre
- contigo
encumbrados
y en luz
transformados -,
como hijos de Dios.
La Visitación
(Día Segundo)
Con paso ligero
sonrisa en los
labios
y entrañas en flor.
- Pregón inflamado
al soplo del cielo
en efluvios de sol
-
Alargas en brazos
y ofreces en besos
al Rey tu Señor.
Y allí a tu saludo
un hálito mudo
se rasga en
canción:
“Bendita tú eres,
Bendito es el fruto
- que lleva tu
vientre -
y tú, Bendición”.
¿“De dónde la
gracia
que venga a mi casa
la Madre de Dios?”
Pues eres el Arca
de nueva Alianza,
sagrada Mansión.
Concede a tus
siervos
gritar, mensajeros,
el Nuevo Pregón,
Y ser Templo santo
y férvido canto
de Cristo el Señor.
El Nacimiento
(Día Tercero)
Surcaba una
estrella
la esfera infinita
gritando la nueva
de Cristo Jesús.
Y abriose en la
cueva
- tú estabas en
ella acunando en tu pecho
al Rey de los
Cielos -
en fronda de luz.
Oh Madre dichosa
que besas devota
al Hijo de Dios,
recuerda en tu
arrullo
que el tenue
capullo
que sueñas ya flor,
por mí viene al
mundo
y nace desnudo
a darme su amor.
Yo quiero
abrazarlo,
yo quiero adorarlo,
yo quiero tenerlo
en todo momento
en mi corazón.
Pues él nace pobre
y al hombre se
acerca ofreciendo la Paz,
consigue que logre
- tus ruegos son
dones -
su eterna amistad.
La Presentación
(Día Cuarto)
Honraron tus brazos
los atrios del
templo,
quemando en
incienso
tu más rico DON.
El fruto del
vientre,
tu entraña bendita,
la fibra más limpia
de tu corazón.
Al Padre lo diste,
y en flor
entregaste
tu vida y tu
sangre,
¡tú misma con Él!
Un golpe de hierro
rasgó en ti una
llaga
abriendo en tu alma
corrientes de hiel.
Amor que no sube
en incienso
quemado,
ni rompe florido
en la entrega de
sí,
no es don que
merezca
cubrir los
espacios,
ni entrar perfumado
en el seno de Dios
-
Pues ves a tu Hijo
cubierto de
oprobios,
objeto del odio
del que odia la
luz,
y un duro cuchillo
hundido en tu
pecho,
que clava tu cuerpo
al suyo en la Cruz,
Señor, yo te ruego,
,
que aceptes la
ofrenda
de ser todo entero
de Cristo Jesús.
El Niño perdido
(Día Quinto)
Perdiste, Madre, a
tu Hijo;
perdiste, Reina, a
tu Rey;
huyó de tu Sol el
brillo
y en tu panal no
hubo miel.
Perdiste al Niño y
buscaste
y allí lo hallaste
de pie,
ante doctores
sagaces
como Señor de la Ley.
Ya no es tu gesto
de Madre
el que regula su
ser
sino las voces del
Padre
que se despiertan
en él.
Escucha tú, Madre
Buena,
cuanto te diga
Enmanuel;
eres por Madre, su
Sierva,
debes seguirle en
la fe.
La Voz de Dios lo
primero
y la del hombre
después:
pues somos hijos y
siervos
y él, nuestro Padre
más fiel.
Que yo no pierda a
tu Niño
y aprenda yo a
obedecer;
mas, si en la culpa
lo pierdo,
que en ti lo
encuentre otra vez.
Las Bodas de Caná
(Día Sexto)
Viniste, Señora, de
Madre a las Bodas
y fuiste la Sierva
que en la última hora
brindó con sus
ruegos el vino mejor.
Vacíos soñaban los
hombres,
y tristes, sin
gozo,
- cual jarro sin
flores -
y tú nos trajiste
al Esposo
que habló al
corazón.
Con él la Bebida
que aviva los sueños;
con él la alegría
que olvida los miedos;
con él la sonrisa,
el encuentro en el más tierno amor.
Nos faltan, Señora,
fulgor en los ojos,
canción en los
labios,
pasión en el pecho,
calor en los
brazos,
y brega sin luz la
razón.
Envía al Espíritu
Santo
y aviva la tierra
con cantos de
fiesta
a Cristo el Señor.
Bajo la Cruz de Jesús
(Día Séptimo)
En el Calvario,
tres condenados:
- dos, malhechores
al pie sayones,
echando a suertes
las vestiduras;
en la penumbra,
clava la muerte
su mordedura
sin compasión.
Junto al madero
- la cruz de
enmedio -
una figura:
la Madre Buena,
que en fe desnuda
de todo brillo,
ofrece entero
el Hijo muerto
por los delitos
de la Nación.
Es el deseo,
oh Virgen Buena
del Hijo Bueno,
que seas Madre:
que tú nos ames
en nuestras penas
y que nos llames
hijos de amor;
que tú intervengas
en nuestra luchas,
y sean tuyas
nuestras desdichas,
y por nosotros
y nuestras culpas
ante tu trono
pidas perdón.
Oh Madre Buena,
pide por todos
ahora y siempre
la salvación.
María orante en el cenáculo
(Día Octavo)
Pues eres tú,
Señora, nuestra Madre,
apoyo generoso en
toda prueba,
escucha con cariño
al que te ruega
y alcanza en tu
oración que Dios nos salve.
Promueve en los
pastores de tu pueblo
el anuncio eficaz
de la palabra
y alienta entre los
jóvenes deseos
de seguir radicales
su llamada.
Defiende del
Maligno la familia
y enciende en ella
amor de convivencia,
despierta en sus
entrañas la conciencia
de salir defensora
de la vida.
Devuelve al
drogadicto el entusiasmo
por disfrutar la
vida en su sentido
y acoge maternal en
tu regazo
a quien el SIDA
aboca al exterminio.
Consuela a los que
lloran marginados,
y al que sin techo
vaga dale asilo,
enseña a los que
yerran el camino
y libra al pecador
de su pecado.
¡Que nunca nadie
quede sin tu auxilio
después de haberte
con fervor llamado!
Huérfanos y viudas,
jóvenes y ancianos,
libres y opresos,
súbditos y reyes
sepan y gusten que
con amor atiendes
a cuantos fieles
corren a tus brazos.
María Reina
(Día Noveno)
Doce luceros orlan
tu frente,
tus pies hermosos
pisan la muerte.
El sol divino baña
tu rostro,
pues en tu vientre
tiene su trono.
Tus ojos sueñan con
ver a todos
entre tus brazos
formando un coro,
que alaba al cielo
en eternidades,
del mal ajeno
por tus bondades.
Reina, Señora y
Madre nuestra,
que por nosotros
fuiste encumbrada
y permaneces Inmaculada,
ahora y siempre Bendita seas!
A Dios el Padre
y a su Hijo, el
Verbo,
y al Santo Espíritu
que brota de ellos,
sean por siempre
las gracias dadas
pues que te
hicieron
con sus amores(la Madre Santa
la Inmaculada y siempre Virgen
entre los hombres.
madre inmaculada
En el Calvario
junto a tu Hijo,
el Buen Jesús,
tu pecho amargo
dejaste fijo
clavado en Cruz,
y bien pagado
tu sacrificio
nos diste a luz.
Tú eres del Padre
la bien Amada,
y por ser Madre
siempre escuchada.
Pues que tan
grandes
son tus palabras,
y tus plegarias
los cielos abren,
sea tu auxilio
el que nos guarde
y del peligro
siempre nos salve.
Madre y Señora:
somos tus hijos;
pide en la hora
de nuestra ida
llegar a Dios.
La anunciacion
Rayo de Sol, de luz
la luz más pura,
Divina Voz, Palabra
credadora,
rocío y flor,
canción de las alturas,
trono de Dios, y
Dios, a quien adora,
infierno y Cielo,
toda criatura:
Enmanuel, de la tierra
te enamoras,
y en carne débil,
virginal entraña,
de eternas Bodas
alzas tu Cabaña.
Del tocón de Jesé,
familia noble,
el titulo obtendrás
de grande y fuerte;
carne serás de
nuestra carne pobre,
sangre tendrás que
fluye hacia la muerte;
Misterio de piedad
de anchura doble:
Criado y Rey, Señor
por obediente,
Príncipe y Soberano
por amores,
cargado por
nosotros de dolores.
Recibes de los
cielos, Tú, María,
del Padre Bueno
acelestial clemencia,
y de ella llena,
generosa y pía,
cristal zafir de
pura transparencia,
al mundo entregas
como Luz y Día;
devotos adoramos la
presencia
en ti de Dios, del
Hijo, Verbo Eterno,
que por nosotros
eligió tu seno.
La Gloria Santa
rompe en maravillas:
la mente humana, de
impotencia yerta,
y el corazón, hundido
en seca arcilla,
al Sol que viene,
Cristo, se despiertan:
respira todo ser,
las sombras brillan,
la creación total,
al cielo abierta,
descubre su alma
torpe y se enardece
al beso que tu Boca
nos ofrece.
La visitacion
Con el paso
apresurado
rebosante de
contento
impulsada por el
viento,
con el Verbo ya
encarnado,
-sierras, montes,
ríos, valles-
la más bella
Virgen-Madre
se encamina hacia
Judá.
El Señor, de mano
grande,
con el Siervo
mensajero,
derramó desde los
Cielos
su sonrisa de Buen
Padre:
concibió Isabel
proyecta
un chiquillo, gran
profeta,
Precursor de
Cristo, Juan.
Ved las madres
abrazadas
en Espíritu
gozosas,
la de Cristo,
¡venturosa!
por la otra
proclamada:
“Por haber tú fe
tenido,
todo en ti será
cumplido
desde el principio
hasta el fin”.
Dos notables
criaturas:
de contento los
infantes,
en el seno
palpitantes,
conocidos se
saludan:
Jesús el Rey, Sol
de Vida,
pregón Juan de su
venida
Luz y antorcha de
Israel.
Ante encuentro tan
gracioso
inclinemos la
cabeza:
Son dos madres, ¡dos
grandezas!;
dos infantes tan
gloriosos:
signo el uno para
el otro,
“Dios y hombre con
nosotros”,
que predican la
Salud.
Aclamemos con María
tan venturoso
portento
de que sienta Dios
contento
en quien se abaja y
humilla
el Señor -su nombre
es Santo-
guardará celoso el
pacto
con los que esperan
en El.
El nacimiento de jesus
Venid, pastores,
venid corriendo:
nos ha nacido
el Rey del Cielo.
La Virgen Madre,
capullo abierto,
entre sus brazos
lo está meciendo.
José, buen padre,
lo está mirando
y con los ojos
acariciando.
Cuatro ramitas
hacen su cuna:
besos del alba,
rayos de luna.
El buey y el asno
con blando aliento
al Niño tejen
un blanco lienzo.
No es una casa,
es un establo:
el Niño nace
pobre y extraño.
El Rey Herodes
quiere matarlo,
su pueblo todo,
abandonarlo.
Desde muy lejos
vienen los Magos
y vienen sólo
para adorarlo.
Cabalgaduras,
camellos pardos
los cofres llenos
de mil regalos.
Oro de Tarsis,
suaves ungüentos,
mirra de Saba
polvo de incienso.
Un gran lucero,
brillante y raro,
hasta la cueva
los ha llevado.
Aquí NACIDO
se ha REVELADO
el NIÑO DUEÑO
de lo CREADO.
Venid, corramos,
el Niño Bueno
está esperando.
Venid, cantemos,
el Niño Pobre
está gimiendo.
¿Nadie te quiere,
mi Niño hermoso
nadie te quiere
besar el rostro?
Oh Niño Santo,
abre tus ojos
para mirarlos,
tus labios rojos
para besarlos.
Puestos de hinojos
en sucias manos
vacíos cofres te
presentamos:
Rey de los POBRES
¿quieres llenarlos?
Tu de los cielos
susurro blando
has descendido
para SALVARNOS
Honor y gloria
por la Palabra
que por nosotros
es encarnada.
Honor y gloria
por el Nacido,
ya nuestra vida
tiene sentido.
Gloria en el Cielo,
paz en la tierra:
Reine el Señor
hasta que vuelva,
Gloria y Honor
en las alturas,
nace el Señor
cual criatura.
Como Dios Bueno,
Verbo Encarnado,
como el Cordero
te veneramos.
Madre entre todas,
Tú la más buena
ante tu Niño
por todos, ruega.
José bendito,
Padre abnegado,
por estos pobres
sé tú, abogado.
La presentacion
La Madre lleva en
sus brazos
al Niño mejor
nacido:
de Virgen fue
concebido,
por Virgen
amantado;
tan bendecida,
ninguna,
agua de límpida
fuente,
sana de cuerpo y de
mente,
es la Princesa más
pura.
La que nació sin
mancilla,
viene modesta y
sencilla
a presentarse al
Señor.
Simeón, profeta
añoso,
voz perfumada del
cielo,
canta llegado el
consuelo
de palpar al Rey
Glorioso;
Ana, la anciana
vidente,
tomillo oloroso al
viento,
rosa en los atrios
del Templo,
lo proclama entre
las gentes;
dos profetas, dos
ancianos,
por devotos,
agraciados
de tener al
Salvador.
Soplo de aurora,
ligero,
-de Yahvé la gran
Palabra-
viene ceñido de
espada
a juzgar al mundo
entero:
de la muerte fiera
muerte,
del pecado eterna
ruina,
de la gracia
maravilla,
de los siglos,
signo y suerte;
piedra de toque,
Justicia,
destrucción de la
malicia,
de los hombres
Sombra y Luz.
Ay de ti, mi Virgen
Madre,
tenue y blanda como
el alba,
partirá por medio
tu alma
y correr hará tu
sangre:
de las sombras, las
envidias;
de la envidia,
malas lenguas;
de la lengua, las
vergüenzas
llevarás con tu
Hijo encima:
Tú seguirás el
camino
que recorra el
Santo Niño
desde Belén a la
Cruz.
Deja, María en mis
brazos
tesoro de tanto
precio
quiero pegado a mi
pecho
contigo siempre
llevarlo.
Quiero, penetrante
llama
fuego de recios
amores
quemar en él los
tumores
que enferma tienen
mi alma;
quiero sentirme a
su lado
cuando vuelva
coronado
de poder y
majestad.
El niño jesus entre los doctores
La Voz de Dios
es una espada
de doble filo
que llega al alma.
La voz de Dios
es su Palabra
venida al mundo
en carne humana.
La Voz de Dios
es mano brava
que al hombre
entero
de amor abraza.
La voz de Dios
es viva llama
que el Cielo
enciende
y al mundo abrasa.
Es como luz,
como agua clara,
como la miel
bien destilada.
Es dulce y suave
¡también amarga!
presencia fuerza,
comida sana
del Dios bendito
que bien nos ama.
¿Estáis sin Niño
Madre agraciada?
¿Quedó perdido
en el camino
mientras viajaba?
¿Cómo tal joya,
de tanto brillo
perderse logra?
¿No es Sol de Mayo,
Divino Rayo.
de Santa Gloria?
Volvéis ansiosa,
buscáis llorosa
por las calzadas
y entre doctores
admiradores
halláis su cara.
El Padre pide
que se retire
tu mano blanda
y deje sola,
como la aurora,
su voz-Palabra.
La voz que un día
Virgen María,
se te entregara,
cual Voz del Padre
se te declara:
Profunda y grave,
rompe los lazos
de tu regazo
y a Dios escapa.
Tu propia sangre,
pues sois su madre,
se desparrama;
y la Palabra
porción de carne
de tus entrañas
cual copa se abre
de miel amarga.
¿Probáis ahora,
mi fiel Señora
que sois Esclava
y que en el Niño,
por sí perdido
es Dios quien
habla?
La oracion de jesus en el huerto
Hincadas en el
suelo las rodillas,
como quien parte
forma de la tierra,
hundida la cabeza,
las mejillas
ardientes, de sudor
y sangre llenas,
Jesús implora:
lloran las estrellas.
Reflejo de
tormentos su semblante,
los labios abre al
cáliz rebosante
de dolores que el
Padre Santo y Bueno
al Hijo bien Amado
da en misterio.
¿Qué amor, Señor,
es este tan extraño
que en lluvia el
cielos rompe de amarguras
y al rey rebaja a
ser un vil gusano?
¿En sangre se
convierte la ternura
de todo un Dios y
Padre Soberano?
Sea tu voluntad y
no la mía,
Padre, principio y
fin de toda vía:
pues de tu mano,
paternal tormento
es para mí bebida y
alimento.
Señor, que en la
agonía, doloroso,
de la miseria
humana la conciencia
tomas, y en el
dolor y el abandono
aprender a ser
HOMBRE en la experiencia:
ante el Padre
intercede por nosotros.
Cuánto dolor, y
mal, y cuánta muerte
en el mundo, del
fiel, del inocente:
joyas preciosas son
y saludables
en las manos de
Dios, Señor y Padre.
Quiero, Señor,
pegado a tu figura,
velar en oración la
vida entera:
que no hay ni
soledad ni noche obscura
que tu pasión en
luz cambiar no pueda.
¡Las sombras en tus
manos son blancura!
Quiero permanecer
así despierto
como quien para el
mundo está ya muerto:
pues son dolor,
molestias ya desprecios
delicada expresión
de amores recios.
La flagelacion
Mirad al Dueño del
Universo
a la columna tan
fuerte atado
que roja se abre la
carne en huesos.
Miradlo herido y
ensangrentado:
la Luz más bella
del Sol más t erso
oscurecida por los
soldcados
Ved al Mesías, al
Santo Ungido,
doblar el cuerpo
como un esclavo,
cerrar los
labios... enmudecido.
“Dijos-con-nosotros”
anonadado,
cual de las gentes
el más podrido,
bajo las burlas de
los paganos.
Oíd los golpes cómo
resuenan,
mirad la espalda
como se agrieta,
ved de saliva su
cara llena;
oíd las voces cómo
celebran
los chistes falsos
y sucias muecas:
los suelos lloran,
los muros tiemblan.
Ved gota a gota
caer la sangre,
lucir de joyas el
pavimento;
mirad los ojos del
Rey más grande
cerrarse prietos de
sufrimiento
Jesús, mi Dueño,
varón de azotes:
por mí recibes tan
duros golpes.
Señor, Maestro, Tú,
Bien Nacido:
yo soy quien todos
ha merecido.
Mis yerros fueron,
y mis locuras,
los que te ataron a
la columna;
mis pensamientos y
malas obras
sobre tu rostro
llovieron todas:
son tus dolores y
tus heridas
de mis pecados la
medicina;
y quiero dentro llevar
tus llagas
porque son ellas
las que me salvan.
La coronacion
Mirad la corona, de
espinas sembrada;
mirad el harapo
teñido de grana;
mirad magullado el
renuevo de caña:
¿No veis en las
púas relumbre de joyas?
¿No veis en el
manto fulgores de gloria?
¿No veis en el
cetro al Señor de la historia?
Mirad al Maestro
escupido en el patio;
mirad: vuestro
Cristo juzgado en el atrio;
al HOMBRE, desnudo
y sin brillo, miradlo.
La vida y la muerte
delante del mundo;
verdad y mentira en
combate profundo;
la injuria del
juicio proclama ya el triunfo.
Oh Rey Soberano sin
ley ni derecho,
de Dios Hijo Santo,
Tú el Hombre perfecto,
en aires de muerte
comienzas tu Reino.
Diadema que adornas
tan Santa cabeza;
vestido que
encubres tan alta nobleza;
retoño que anuncias
Sagrada Realeza:
quedad con nosotros
y sed nuestra fuerza.
Desgracia la pompa,
peligro el dominio,
dolor la riqueza,
la fama un delirio:
tan sólo de amores
en Cristo VIVIMOS.
Manchón vagabundo,
Sollozo de tierra
que vas en la noche
mordiendo tu pena,
levanta la frente y
contempla a Jesús:
El hombre más
hombre, Corona del mundo,
desnuda su alma, su
cuerpo desnudo,
te brinda en su
noche caminos de Luz.
¿No fuiste tú un
día el que el árbol tocara
y en pena la muerte
por siempre llevara,
cargando de sombras
y falto de honor?
Contempla al
Desnudo, cubierto de oprobio,
vendido en
traiciones y herido por todos,
que viste tu noche
movido de amor.
Huiste desnudo,
privado de Gloria...
desnudo te ofrece
la misericordia
y en muerte desnuda
te otorga el perdón
Adora devoto al
“Reo” entre jueces,
que Rey entre
“reos” condena a la muerte
e instaura en el
mundo un imperio de paz.
Jesus con la cruz
Tu Cruz, Jesús,
cargaste sobre el hombro,
cual Rey que en
lucha viste su armadura;
la Cruz, suplicio
horrendo, como adorno
quedó por siempre
impresa en tu figura;
y no fue para ti
ningún estorbo
el peso a las
espaldas: con holgura,
cual Príncipe
cargando el propio trono,
diste el paso
primero firme, digno,
señorial, de valor
sublime signo.
Rozó el madero
basto tu mejilla,
la carne santa
abrióse dando un beso,
de rubíes orlaste
las astillas
que atrevidas
rompieron tal espejo;
brillaron
victoriosas tus dos niñas
y al sentir sobre
sí tan grave peso
se alzaron
generosas las rodillas:
Oh Rey Señor, del
Cielo Bien Nacido,
hacia la muerte
corriste tu camino.
¿Por qué de mí,
Señor, enamorado,
llevas la Cruz,
oprobio de las gentes?
¿Por qué de mí,
nacido con pecado,
levantas el pendón
de delincuente?
¿Por qué por mí,
camino del Calvario,
aguantas gritos, burlas
indecentes,
Divino Siervo, Dios
anonadado?
Tu Cruz abracen,
fuente de la Vida,
mis entrañas de
amores consumidas.
Pues no ha de ser
ni dura ni pesada,
ni deja de ofrecer
momentos suaves,
si mi mano a la
tuya unirse sabe
y camino besando tu
pisada.
Al grito de
¡”embustero”! ¡”condenadlo”!,
de la ciudad
mundana el improperio
sostengamos, que no
hay mejor imperio
que con Cristo
morir crucificado.
Jesus muere
Arbol agreste de la
cumbre infame,
flor de las rocas
de perfume suave,
tronco desnudo de
perfil cortante,
cruz del Calvario;
Beso divino que en
sonrisa se abre,
canto de amores,
corazón del Padre,
Santo misterio
recamado en sangre,
Signo del Cielo;
Trono radiante del
Señor más grande,
luz de naciones que
la paz expande
hasta que el mundo
en su existencia acabe,
yo te venero;
Labios benditos que
de sed sufrieron,
ojos de gracia que
la Luz perdieron...
Cristo en tus
brazos, de perdones lleno,
muere por todos;
Novia la noche con
mantón de duelo,
busca las sombras
para darte un beso,
cubre de nubes el
vidriado delo,
loca de amores;
Tumbas que, frías,
de los muertos fueron
cárcel sombría, por
tu luz se abrieron;
negra la muerte que
de sí escupieron
huye vencida.
Titulo egregio que
la Cruz coronas,
“Rey de judíos” en
diversas formas,
Tú eres anuncio del
Señor que torna
Juez de los siglos.
Túnica Santa, sin
costura alguna,
prenda de Cristo,
celestial figura,
signo precioso de
la Iglesia UNA,
guarda a su Pueblo.
Clavos y lanza,
venturoso lienzo,
donde desnudo
reposó su cuerpo,
llagas benditas de
mi Cristo muerto,
dadnos contento.
Cristo que ofreces
el costado abierto
-Sangre con Agua- y
el postrero Aliento,
danos la Vida que a
beber sedientos
todos venimos.
Paz y concordia de
tus brazos penden,
cielos y tierra a
besarse vienen,
Dios y los hombres
en un ser se tienen
cuando Tú mueres.
Madre que al tronco
de la cruz gloriosa
miras al Hijo, por
los “hijos” lloras:
toma en tu llanto
nuestras pobres obras,
ruega por todos.
Salve, CRUZ SANTA,
DE LA VIDA EMBLEMA,
SALVE, MADERO,
SINRAZON, LOCURA,
CIENCIA DEL CIELO,
DEL AMOR BANDERA,
SALVE POR SIEMPRE.
AMEN.
La resurreccion
Queda en el cerro,
altiva cresta,
-El nombre tiene de
“Calavera”-
La Cruz insigne,
bandera enhiesta,
Que el sol nublara,
la luz trajera
y Paz al mundo y
sentido diera.
Del huerto umbroso
-laurel florido,
ciprés esbelto,
sabrosa higuera-
la tumba “intacta”,
peñasco vivo,
donde la guardia
soñando vela,
cual boca ingente
vacía queda.
Tronó el silencio,
tembló la tierra;
mordió la roca su
propia entraña;
gimió la losa,
corriose entera,
abriose dócil ¡Y la
Mañana
de luz divina quedó
bañada!
Saltó la Vida como
paloma;
surcó los aires,
rompió tinieblas;
cruzó los mares en
voz y aromas;
vistió las flores,
calmó las fieras...
¡pecado y muerte
venció ya Nueva!
El universo, fugaz
carrera,
trajín de historia
de sangre lleno,
respire hondo: al
Rey que llega,
envuelto en gloria,
del negro infierno,
aplauso, canto, y
amor eterno.
Las uvas se abren
en dulce vino,
y sabe el grano a
pan sabroso,
levante el hombre
su rostro hundido,
recobre fuerza,
valor, sentido,
Jesús Maestro
¡surgió GLORIOSO!
¡Todo ha cambiado!
grita la altura;
no hay mordedura
del Aspid viejo!
Cristo el Profeta,
el Hijo Amado
¡Ha con el alba
RESUCITADO!
La ascension
¿Cuándo, Señor, tu
Reino en este mundo
abrir pretendes?
¿Cuándo, de tu gloria
pregón, el hombre
en cántico fecundo
transformará la
cara de la historia?
¿No es ya el
momento, tan lejos visto,
de andar contigo,
dando, creadores,
al hombre esclavo
el don de ser un hijo,
de salvados hacer
ya salvadores?
Te adoramos, Señor
de los alcores:
la nube que te
oculta, transparenta
tu presencia velada
entre los hombres:
la fuerza
victoriosa manifiestas
de atar, desde los
cielos, en tu nombre,
los cabos de los siglos
en la Iglesia.
Miramos cómo vas, y
te esperamos:
vendrás un día,
Fiel, con rostro abierto,
abrirás el misterio
que encerramos
en la Resurrección
de los que han muerto.
Vendrás sobre las
nubes victorioso,
de encanto lleno,
Juez irresistible;
darán los tuyos
gritos jubilosos,
a tu encuentro, de
gozo incontenible.
Seguro de vencer en
todo aprieto,
camina, Pueblo,
lánzate a la lucha:
el Soplo del Señor
avanza suelto
y el Padre tu
oración cordial escucha;
abre tu mente,
limpia tu recuerdo,
álzate y vuela que
el Amor te empuja.
No temas nada:
nadie en tu existencia
podrá contigo; mar
de turbias olas
intentará romper tu
resistencia:
¡Tú solo, Cristo es
fiel, podrás con todas!
(Al Rey que fuerte
un día tornará
clamamos: VEN,
SEÑOR, MARANATHA!)
La venida del e. S.
Luz que penetras la
mansión divina
y abres sus puertas
a la humana vida,
danos un alma de
fervor henchida
ebria de amores.
Cosas creadas que
de “nada” fueron
santas estampas de
tu rostro bello,
cuida piadoso que
en mi entendimiento
hablen del cielo.
Como entre hermanos
sin querer erramos,
-somos de polvo y
entre cieno andamos-
da tu “consejo”,
dirección y tacto,
para ayudarnos.
Altos arcanos, que
la fe confiesa,
-aguas profundas
que entre sí se mezclan-
llenen al hombre
-hojarasca seca-
de “inteligencia”.
Caña tan frágil
como somos, pobres,
miedo nos causa
sostener dolores:
para, valientes,
encender amores
danos tu fuerza”.
Tú que a las aves
entretejes nidos,
das a los seres
familiar sentido,
crea en nosotros de
piadosos hijos
tiernos afectos.
Somos soberbios,
nubarrón sin agua,
huecos, sin frutos,
tempestad de lava:
santos temores de
perder tu gracia
funda en nosotros.
Gloria por siempre
al eterno Padre,
cantos al Hijo
aparecido en carne,
himnos al Fuego que
en misterio sale
de ambos Amores.
Llueve del cielo
refrescantes aguas
cubre la tierra de
canción y aromas
crea en los hombres
amistad hermana
blanca Paloma.
Abre tu seno
paternal, fecundo,
viste a tu Iglesia
de tus santas gracias
dale de nuevo
renovar el mundo
transfigurada.
La asuncion de maria
¿Cómo la carne,
virgen, generosa,
que al Verbo eterno
vida concediera,
del Espíritu Santo
flor y Esposa,
la muerte en
corrupción sentir pudiera?
¿Cómo la vida en
cárcel encerrada,
las sombras densas,
negras, envolvieran,
siendo de luz
cristal, materna entraña,
donde el Señor un
día residiera?
La Virgen Madre al
cielo se levanta
en cuerpo
“espiritual” y en alma santa:
Cristo el Hijo,
Señor del universo,
a su derecha sienta
en trono excelso.
¿Cesaron las
potencias -dulce sueño-
de ver, de oír,
sentir y de anhelante
quebrose el corazón
en el empeño
de ver a Dios,
gozar de su semblante?
Triunfo del hombre
en Dios glorificante:
rompe su condición
la carne humana,
y sin dejar de
serlo, al instante
remonta el cielo,
limpia, transformada.
¿No es eso lo que
un día alcanzaremos?
De la debilidad
saldrá la fuerza,
de la miseria vil
levantaremos
hemos ascuas,
cristal, sin par belleza.
En tu Asunción
gloriosa, Virgen buena,
la nuestra vemos ya
perfecta, bella:
en camino de tanto
impedimento
séanos de sostén tu
valimiento.
La coronacion de maria
Cumbre robusta de
la humilde tierra,
hálito suave de la
Vida nueva
beso fecundo de la
LUZ más tierna
Virgen María.
Tú, de los cielos
Elección gloriosa,
Sierva bendita y a
la par SEÑORA,
llenas de gozo con
el SI de bodas
Toda la tierra.
Lleva tu entraña,
como el arca antigua,
-casa de barro- la
mansión divina:
Dios verdadero como
humana vida,
santa doncella.
Orla tu rostro
celestial diadema:
doce luceros y la
luna llena,
pisan tus plantas a
la Bestia fiera
dándole muerte.
Santas mujeres y
varones santos,
Mártires, vírgenes,
confesores castos,
traes contigo
recamado manto,
Toda tan bella.
Como de Madre
celestial atuendo,
llevas al NIÑO que
habitó tu seno:
vistes el rango: de
inmortal imperio
tú gran Señora.
Todas las gracias
que del cielo llueven,
-”Dios-con-nosotros”
a tu lado tienes-
tocan tus manos,
con tu voz atiendes,
tú, Mediadora.
Tiende tu mano, de
bondades llena,
sobre la frente de
la Santa Iglesia:
Cuida del Cuerpo
que el Señor te diera
Madre de Cristo.
Oye los ruegos del
que pide auxilio
cura las llagas del
que viene herido:
¡Cumple el encargo
de salvar los hijos
Reina del Pueblo!
Tú que de Madre
recibiste el sello,
dando a tu Hijo con
amor sincero,
pide por todos
galardón eterno,
Madre tan
buena AMEN
Alégrate, Señora de
los cielos,
y llena el corazón
de santo gozo:
a quien, Madre,
llevaras en tu seno
ahora resucita
poderoso.
Alégrense contigo,
Virgen pura,
los vientos y los
mares y la tierra:
que fueron tus
entrañas ¡Aleluya!
quienes al Salvador
nos ofrecieran.
Engulle, muerte
hosca, tus entrañas
y escupe sin demora
tu condena:
Jesús de las
tinieblas nos rescata
y en torno a su
figura nos congrega.
Resucitó el Señor,
nuestra Alegría
con el poder de
darnos la victoria;
aboga por nosotros,
Virgen Pía,
para que entremos
todos en su gloria.
tanteos
Una sencilla fiesta en la que las niñas
hacían una ofrenda a la Virgen
Entronización de la imagen de María
Como anuncio de paz
en la portada,
tenemos para ti, mi
Virgen buena,
de amor sencilla
tienda preparada:
Cipreses, cedros,
aligustre, hierba.
Jolgorio y cantos,
en la enramada:
jarrón florido la
plaza entera.
A tus plantas
reales, cual peana,
recios plátanos en
jovial sardana.
Beso y caricia de
Dios a la tierra.
Del mudo nuestra
Reina y Señora.
Tu celda al sol y
al viento, abierta.
A cuanto palpita,
sonríe o llora.
Desde el nacer del
sol hasta su puesta.
Desde el morir la
luz hasta la aurora:
En esa humilde y
familiar ventana,
nosotros te
aclamamos Soberana.
Cardelinas verás en
mil querellas.
Lucir sus galas
labrando el nido.
Volar sobre Ti
verás la cigüeña,
solemne del torreón
del castillo.
Granjas verás
abandonar sus peñas,
del cantil lejano
que lame el río.
Audaz el gorrión
dormirá a tu vera
al pálido brillo de
las estrellas.
La abubilla verás,
y de altas grullas
oirás el saludo en
primavera.
Y el canal sonoro,
cuando te arrulla.
Y la lechuza,
nocturna compañera.
Tordos oirás en
juvenil patrulla,
partiendo con
urracas la arboleda.
Alborotar el huerto
en desbandada
y atrevidos
silbarle a la alborada.
Vibrar por Ti,
mañana y tarde,
será el ruiseñor en
la alameda.
La golondrina en
gentil alarde
de cabriolas, volar
verás ligera.
El cielo para ti,
cuando suda o arde.
Medallón el sol, la
luna diadema.
Esponja serás del
matinal rocío,
de vientos y
tormentas, fiel testigo.
De gozo vibrarás y
de cariño,
al sentir abrirse
capullos tiernos,
bullicio alegre del
correr de niños.
Mamás a sus bebés
en sus requiebros,
del calor y del
viento al abrigo,
en ellos su amor
verter en juegos:
Pues Tú, mi Señora,
que eres Madre,
entrañas vistes de
carne y sangre.
Verás a jóvenes
templar las armas
para lides en
pueblos extranjeros.
En fuego y lumbre
arder sus almas,
por ser de paz un
día mensajeros.
Y ansiosos verás ya
de la palma
pregoneros que tuvo
el evangelio:
A los que vuelan y
a los ya cansados,
Bondadosa
bendígalos tu mano.
Al cuervo que pasa,
a la cigüeña.
Al gorrión que
duerme a tu cobijo.
Al abeto, al ciprés
a la hierba.
A la madre, al
inquieto niño.
Al pobre que a tus
puertas llega.
Al que llora y
sufre, al desvalido.
Al que ya sueña con
mundos extraños.
Al que ya vuelve de
ellos anciano:
a todos tu luz, tu
paz y tu amparo.
TU QUE DEL PADRE
CONTEMPLAS EL ROSTRO
AHORA Y SIEMPRE
RUEGA POR NOSOTROS.
Casto marido de la
Virgen Buena,
padre en cuidados
de la flor más tierna,
tú, responsable de
que el Verbo crezca
hombre perfecto.
Sombra y silencio,
protección y guarda,
guía y cabeza,
servicial Patriarca,
a quien se acogen,
en Familia Santa,
Cristo y María.
Rama hojecida del
tocón herido,
savia ofrecida en
radical servicio,
para que nazca el
anunciado Niño,
Rey de los pueblos.
¿No son tus brazos
cariñoso encuentro
con el Ungido,
Salvador y Siervo,
y su caricias el
mejor sustento
de tu existencia?
Siempre a la
altura, con el gesto humilde,
miras atento por
saber qué dicen,
y por los sueños
dejan que te guíen
santos los Cielos.
Gozos y cruces tu
misión encierra
- en tu misterio
los Misterios llevas -
de peregrino por
extrañas tierras
vas obediente.
De Galilea por
Belén a Egipto,
y por Judea, del
país del Nilo,
a Nazaret de nuevo
a dar sumiso
pan a los tuyos.
Con tu trabajo en
el taller modesto
- Dios en la
sierra, en el sol y el viento -
brinda tu mesa,
como altar y templo,
pan y concordia.
Oh tú, Patriarca,
San José bendito,
alma piadosa y
virginal marido,
padre entregado y
entrañable amigo,
hombre sin tacha:
Tú que posees en el
cielo audiencia
- Dios hecho carne
te prestó obediencia -
ante su trono por
nosotros ruega
siempre propicio.
Da con tu auxilio
luz al moribundo,
sé de la Iglesia
protección y rumbo,
manda al que sufre
tu favor seguro
todo momento.
Y a esta familia
que en la fe venera
tu patronato y tu
piedad excelsa,
haz con tus ruegos
que en el cielo vea
siempre tu gloria.
Gloria a Dios
Padre, bendición al Hijo,
y altos honores al
Amor divino:
que con su gracia
alcancemos limpios
ver su semblante.
Amen
José bendito
tiene un ramito
de nardo en flor.
Y su mirada,
siempre clavada
en su hijo Dios.
¡Oh qué dulzura
y qué ternura
hay en su voz!
Junto a su esposa,
toda una rosa,
José, Patrón
de una familia
en la que brilla
el puro amor.
José, Patriarca,
por nuestra casa
pon tu oración,
y de favores
llena a los jóvenes
en su misión.
Y fue tu corazón
volcán sediento
de inquietas ansias
de buscar sin tregua
-el sentido y
voluntad, razón y lengua-
el fin supremo y el
destino cierto
que Dios al hombre
en su ser pusiera.
Nublaron tus pasiones
un momento,
con un falaz
“¡Mañana, hoy no hay tiempo!”
lo que el amor de
Dios en ti prendiera.
Mas un golpe de
gracia, recio y blando,
segó por siempre la
agonía insana
que hundido te
tenía en el pecado.
Limpia se abrió la
flor de tus entrañas
y Dios en Cristo y
Cristo en los hermanos
hicieron la
sustancia de tu alma.
Latió tu corazón,
de enfermo, sano,
y tu sentir, de
infiel, surgió cristiano.
Héroes sois, por
santos, nobles gentes,
de toda condición y
todo estado;
bandera y
esplendor, fogón ardiente
de amor de Dios al
hombre postergado.
Sois luz y fuerza y
alma de la vida;
sois perfección y
flor de lo creado;
robusta voz del
cielo, sacudida
tenaz del corazón
del universo,
canto a la libertad
mejor nacida,
espíritu cabal,
límpido y terso
sin avaricia en
vuestros corazones,
sin estrechez en
vuestros sentimientos.
Impregnáis de calor
vuestras acciones,
y atendéis a la voz
de los hermanos
sin otros intereses
y razones
que hacer de los
enfermos hombres sanos,
perdón, justicia y
paz de pecadores:
Sólo el amor os
lleva de la mano.
Vírgenes
consagradas, misioneros,
santas mujeres,
mártires valientes,
audaces moradores
del desierto,
pastores, reyes,
sabios providentes,
ancianos, niños,
jóvenes doncellas...
con la cruz en los
labios y la frente
dichosos de pisar
las mismas huellas
que tras de sí
dejara el Rey más noble.
Con el perdón
rompéis toda querella,
y en la pobreza
dais el pan al pobre;
cuidáis las hondas
llagas con blandura
y hacéis el agua
dulce de salobre.
En vuestra sed
halláis colmada hartura
y en vuestra
pequeñez la vida toda
que se desprende
limpia de la altura.
Blanco lleváis el
traje de las Bodas,
por más que de
leprosos y harapientos
envueltos vais los
días y las horas.
Consuelo sois, y
sois vital aliento
del que está solo,
llora y desespera;
a vuestras manos
llegan hambrientos,
el desnudo, la
viuda pordiosera
el viejo vacilante,
la olvidada,
el niño sin
familia, la que yerra;
en vuestra carne
tomáis la carne flaca
que el Verbo como
Esposa en Sí tuviera,
y la tornáis con
vuestro amor sagrada.
Sois la salud de
Dios, su mano buena,
sus ojos
paternales, su palabra,
su corazón gigante,
su presencia,
sus oídos, su boca
enamorada.
A vosotros mi canto
entusiasmado;
a vosotros devota
mi plegaria;
a vosotros los
laureles y los ramos,
los triunfos, los
honores y las palmas:
a vosotros, por
héroes, por santos,
¡la Gloria del
Señor, benditas almas!