1985
Un cierzo suave
alivia la noche.
sueña holgada la
chopera.
La luna, sonrisa a
medias,
proyecta sombras
lejanas.
Gracias,
Señor:
Tú nos
abrasas,
Tú nos
refrescas.
Ni el sol jamás yo
puse,
ni la luna tan
bella,
ni el rebaño de
estrellas
que cortejan las
nubes.
Ni yo, ni mi
familia,
ni nadie de mi
raza,
que tales
maravillas
en el cielo
colgara.
Y uno y otro
día,
el espejo
gigante,
en fulgor
llameante
hacia mí se
avecina.
Tú eres, Señor,
quien sales
del misterio
profundo,
te alargas en el
mundo
para que yo te
hable.
Pues todo lo
creaste,
Señor del
universo,
como quien suelta
un beso
para en él yo
besarte.
Y te beso y te
canto
con impulso
sincero,
como niño
pequeño
con ingenuo
entusiasmo.
Tú, -alborada y
tarde-
con sentidas
entrañas
hijos tuyos nos
llamas
y a ti nosotros
Padre.
Pues son las cosas
todas
canción de tu
cariño,
anaz, prenda y
anillo
del festín de tus
bodas.
¡Que no hay mejor
amante
ni más leal
amigo
que tú, que te
encontraste
para vivir
conmigo.
Beso de
noche,
risa de
seda,
faro de
coche,
sueño de
estrellas.
Cuerno de
cabra,
cata
mordida,
boca de
hada
siempre
encendida.
DE
mentirosa,
CE
invertida,
ojo de
rosa
cuando
nacida
dos caras
tienes,
dicen las
niñas:
Una de
nieve,
otra
dormida.
Plato de
nata,
mancha de
cera,
barco de
plata
con una
vela.
Luna,
lunera,
cándida
amiga,
¿tú no
quisieras
subirme
arriba?
Ay quien
pudiera,
como la
luna,
desde la
altura
mirar la
tierra.
Llévame al
cielo,
luna,
lunera:
Jugar yo
quiero
con las
estrellas.
Con tu
presencia
blanca
naranja,
tú nos
recuerdas
que Dios nos
guarda
que Dios nos
vela.
Oh si más
alto
tú me
llevaras
a ver el
manto
do duerme el
alba,
y en brinco
loco
como un
chiquillo
besar el
rostro
del sol
nacido,
tú me
dejaras
luna,
lunera,
perla
celeste,
mi
compañera,
sólo de
verte
mueren mis
penas.
Espiga de
carrizo,
flor humilde de
espuma,
mechón, madeja,
rizo
del candil de la
luna;
llama de estambre
fría,
gallardete de
lana,
juvenil
danzarina
con crespones del
alba;
tosca flor de los
ríos,
cabellera
galana,
que venteas tus
hilos
al murmullo del
agua.
Te cimbreas
amiga,
con vaivén de
sultana
a los vientos que
silban
y al huracán que
brama.
Novia, tú, de los
hielos,
del turbión y
nevadas,
a los besos del
cierzo
silabeas
baladas.
Y en movimiento
grácil
y destreza
acabada
combas tu cuerpo
frágil
sin quebrar tus
entrañas.
(Y mueres
silenciosa
cuando de vida
llena,
-margaritas y
rosas-
nace la
primavera)
Sin color ni
perfume
¡y ejemplar de
modestia!
como cirio sin
lumbre
¡y almenar de
prudencia!
Dame, Señor,
sencillo,
al aire de tu
ciencia,
medrar como el
carrizo,
erguida la
cabeza,
sin miedo al
torbellino
ni horror a la
tormenta,
-sin perfume ni
brillo-
alarde de
modestia.
Modesto de
brazos,
de imagen
enana,
cuajado de
flores,
extiende las
ramas.
También el
membrillo
es fruta
lozana:
cogida en
otoño,
será
mermelada.
Enjuto de
carnes,
perfuma las
arcas:
las ropas de
fiesta,
las sábanas
blancas.
Ay cuántas
personas,
de lánguida
cara,
de pobre
figura
y voz
apagada,
en tiempos
angostos
endulzan la
casa
y guardan la
esencia
cual fruta en el
arca!
Soy
hogareño
-como el
membrillo-
y entrañas
llevo
de bien
nacido;
y aunque
pequeño
y
recogido,
las auras
lleno
de mil
cumplidos:
al aire
libre
crezco
sencillo
y en gesto
humilde
perfumes
brindo.
No tengo
dueño;
vivo en
sequizo;
gris es mi
cuerpo,
de escaso
brillo;
zarcos, mis
labios,
-ya
florecido-
si el mes de
Mayo
da su
rocío.
Hacia el
desierto
voy de
camino;
pasto en los
suelos
empobrecidos;
soy
oloroso,
y
agradecido,
si
cariñosos
habláis
conmigo:
yo doy mi
esencia,
reconocido,
al que me
besa
con gesto
amigo:
sólo el
rozarme
rompe mi
olvido,
y al
estrujarme
canto con
brío.
Una
ramita
del cuerpo
mío,
y ¡qué
delicia
para el
sentido!
Es mi
fragancia
como un
suspiro:
sonrisa y
gracia
del aire
tibio.
¿Sabéis quién
soy?
¿Cuál mi
apellido?
¿Que yo no
doy
ni luz ni
brillo?
¡Soy el
tomillo!
¡Cuántos los
hombres
-como el
olvido-
crecen sin
nombre
por los
caminos!
Pero si el
suelo
gime en
sequizo
y no hallan
medio
de
revivirlo,
surgen de
pronto,
de lo
perdido,
raíz y
tronco
en flor
vestidos;
y aunque
pequeños
y
oscurecidos,
de aromas
llenos,
como el
tomillo,
lavan y
curan
lo más
podrido
y dan
frescura
con su
sentido.
Que yo en tu
Iglesia,
sin yo
sentirlo,
sirva de
esencia
como el
tomillo.
Saltan graciosas en
la alamada,
sueltas en trinos,
las cardelinas.
Cruzan los aires
-es Primavera-
Entre cabriolas,
las golondrinas.
Suaves las brisas,
en los romeros
bocas abrieron de
néctar llenas.
Algunas quedan en
el almendro.
Loca trabaja la
aveja buena.
Ay mi arbolito,
desnudo y seco,
sucio de musgo por
el olvido.
Ay mi terruño de
incuria lleno
¿Veráse luego ya
florecido?
Cúantos momentos
pasando han ido
sin más detalle que
ser pasados.
Cuántas las horas
que se han perdido
hartas y hueras de
haber soñado.
Aura del cielo,
calor y fuerza,
rompe en amores la
costra dura,
llena de frutos la
antigua siembra,
cambia mi mente en
tu “cordura”.
Suelte ya hojas el
árbol mío;
abra sus ojos mi
fantasía;
brinde ya el astro
mayores bríos;
muerda el noche la
luz del día.
¡Quién, arbolito de
ramas verdes,
presto adornado
pudiera verte!
El Aire Santo mueva
tu copa:
Griten los
vientos:
¡Las hojas
brotan!
Juego de
luces,
-circo en
pantalla-
pintan las
nubes.
por mi
ventana.
Unas
obscuras,
otras, más
claras,
vuelan y
cruzan
por mi
ventana.
Plomo y
ceniza,
bancos de
lana,
trazan
figuras
por mi
ventana.
Montes de
crema,
cintas
doradas,
todas son
bellas
por mi
ventana.
Siembran la
nieve,
sueltan el
agua:
abren su
vientre
por mi
ventana.
Vientos que
hunden
recios sus
alas,
lanzan las
nubes
por mi
ventana.
Corren y
corren,
ruedan y
ruedan;
pronto se
encogen,
pronto se
enredan.
Unas se
expanden,
otras se
aprietan:
unas con
otras
locas se
besan.
Ora se
escurren,
ora se
aclaran,
ora
descubren
risa
azulada.
El sol
enjuga
su linda
cara
con
hilaturas
de
porcelana.
(Y por la
noche
-azogue y
nácar-
con ellas
juega
la luna
blanca)
¿Qué sin las
nubes
es mi
ventana?
Si esto, que presto
cual canto se esfuma
y en copo de bruma
tu soplo diluye,
tu mano recubre de
tanta hermosura,
SEÑOR, ¿qué serás
TU, gustado en hartura?
Tapiz
esmeralda
bordado de
estrellas:
el día las
abre,
de noche se
cierran.
Hijuelos de
luna
en lecho de
seda,
semillas de
fuego
el sol en la
tierra
¡Ay! mis
margaritas,
engarces de
plata,
doradas
boquitas
abiertas al
alba.
Un poco de
fuego,
Señor, de tu
llama
enciende en la
hierba,
que cubre mi
alma.
(Haz flores la
Siembra
que ahoga la
grama:
y sueñen de
noche
y rompan al
Alba).
(1985)
Parlotean los
gorriones,
chirrían las
verdecillas,
y las nubes…
¡nubarrones!
rasgan su entraña
en llovizna.
Apenas si
parpadea
la luz, en sueños
mecida;
la verdeante
alameda
en penumbras se
adormila.
Huyó la línea del
monte,
su color la tierra
olvida,
se derrite el
horizonte
en vaporosa
neblina.
Canciones, sopor,
desmayo
y del cielo el agua
limpia,
rumor humilde de
orvallo,
y la tierra
agradecida.
Alborotan los
gorriones,
chirrían las
verdecillas.
y las nubes…
¡nubarrones!
dan de mamar a las
viñas.
- Enllentecen sus
artejos,
desentumecen sus
fibras,
y en pámpanos,
bodegueros,
azucaran la
bebida-.
Canto, Señor, tus
labores
y al viento suelto
la rima;
qué poquedad la del
hombre
que ni siquiera las
mira.
Unas tras
otras,
sueltas y
claras,
suenan las
gotas
en mi
paraguas.
Saltan,
rebotan,
vibran, se
aprietan,
danzan y
trotan,
haciendo
fiestas.
Juegan y
corren,
silban y
cantan,
ríen, se
rompen
en
carcajadas.
Cubren la
charca,
besan la
acera
bruñen de
plata
la
carretera.
Ungen el
suelo,
llenan la
acequia.
Agua del
cielo,
bendita
seas.
Llueves el
pan,
llueves el
vino,
aguas sois
ya
campo
florido.
Vides,
trigales,
verdes
praderas,
montes y
valles
bullen de
estrellas.
Aguas de
Mayo,
dulces y
buenas,
lluvia del
año,
¡Bendita
seas!
Sobre la
torre
-y en las
almenas-
tienen su
nido
nuestras
cigüeñas.
En el
invierno,
y en
primavera,
y en el
verano,
y en la
otoñera,
pues sin
moverse
allí se quedan,
`
sobre el
castillo,
y en sus
almenas,
tejen el
nido
nuestras
cigüeñas.
Y cuando
llueve,
y cuando
nieva,
y cuando el
hielo
muerde la
tierra,
-garfios de
hierro-
fijos en
piedra,
sobre la
torre
y en las
almenas,
cuidan su
nido
nuestras
cigüeñas.
Y si las
nubes
trenzan la
niebla
y por el
fuego
los aires
queman,
cual
pararrayos
y
centinelas,
veréis la
torre,
y en sus
almenas,
junto a su
nido,
a las
cigüeñas.
Si arrecia el
cierzo,
lo cortan
ellas;
y si el
bochorno,
sueltan las
velas:
son de los
vientos
las
carabelas;
sobre la
torre,
y en las
almenas,
cruzan los
aires
nuestras
cigüeñas.
Si el sol
hidalgo
las bruñe y
tersa
la luna
blanda
corteja y
besa
bajo
techumbre
de mil
estrellas,
sobre la
torre,
y en sus
almenas,
beben los
sueños
nuestras
cigüeñas.
Abajo el
foso
y la
arboleda,
y un haz de
críos
que
corretean;
de los
infantes
fiel
compañera,
desde la
torre,
y en las
almenas
baten
sonoras
las
castañuelas.
Y con
palomas
que se
zurcan,
y con
gorriones
que
parlotean
-son
moradores-
de aquellas
piedras
desde la torre y
sus almenas
miman sus
crías
nuestras
cigüeñas.
Sabéis
vosotras,
buenas
que es lo más
bello
de mis
cigüeñas.
Que cuando el
cielo
solemnes
vuelan,
de cruces
vivas
los aires
llenan,
y en sombras
leves
sobre la
tierra
marcan el
signo
de su
presencia:
la cruz
bendita,
salud
eterna,
dibujan
limpia
nuestras
cigüeñas.
Y aunque los
vientos
y las
tormentas,
y los
estruendos
de nubes
negras
intenten
hoscos
romper con
ella,
darán del
cielo
en flores
sueltas
la móvil
forma
de su
silueta.
Desde la
torre,
y en las
almenas.
donde se
yerguen
nuestras
cigüeñas,
salta
florida
como una
estrella
la cruz
bendita
sobre la
tierra.
Volad
vosotras
la limpia
esfera,
mas en la
vida
y acciones
vuestras
lloved la
gracia
de vuestra
entrega.
Desde la
torre,
¡de sus
almenas!
llenad de
Cristo
la humana
tierra.
Despierta la aurora
embozada de seda;
toquilla de bruma
se ciñe la tierra;
el valle se
esconde, asoma la sierra;
translúcido el
cielo oculta su azul.
El templo dormita
en un halo de espuma;
difusa se torna su
recia figura;
disuelve sus líneas
vapor de frescura;
borrosa en la
cumbre se yergue la Cruz.
Del pino la barba
se viste de canas;
los brazos del
sauce de hilachas de lana;
la acacia fornida
simula fantasmas;
se esparce medrosa
y tenue la luz.
El silbo sonoro de
mirlos ha muerto;
susurros de ensueño
desgrana el abeto;
rociado de leche el
álamo esbelto,
rezuma en el tronco
helado sudor.
El hálito frío del
mes de febrero
detiene las aguas
en blanco sendero;
desprende el arroyo
opalinos destellos,
letargo en su
entraña, huido el calor.
El grave castaño de
seria mirada
se unge, austero,
de limpia rosada;
altivos cipreses
desnudan la espada
buscando
impacientes la lumbre del Sol .
La higuera huesuda
encoge sus dedos;
del plátano cuelgan
boliches de hielo;
los flecos agudos
de jóvenes cedros,
cubiertos de
azúcar, revientan en flor.
El día desciende de
la alta montaña
en nube se eleva la
tela de araña;
el vaho de vidrio,
que todo lo empaña,
se esfuma: orea la
tierra una aura sutil.
El sol, hecho luna,
rodaja de plata,
enjuga su rostro
con lienzo de guata;
disuelve la niebla,
el velo levanta;
devuelve a las
cosas contorno y perfil.
El mirlo ya canta,
la niebla ya huye;
el hielo ya rompe,
el agua ya fluye
el campo lechoso ya
el viento diluye
Milagro perpetuo
que me habla de ti.
Escarchas, heladas,
borroso vapor;
figuras, contornos,
variado color;
tormentas y
cierzos, bochorno y calor...
¡Abrazos son todos:
Amores, mi Dios!
Si esto que pronto
se va y desvanece,
tu mano de tal
maravilla enriquece...
tu Rostro divino
que todo embellece
¿qué ha de ser
verlo, Jesús, mi Señor?
Qué gozo tan pleno
ha de ser poseerte,
qué abrazo
apretado, qué beso tan fuerte,
dichoso por
siempre, habré de ofrecerte,
el día que abras tu
Rostro ante mí!
Pase la niebla,
pase: brille tu luz.
Abre mis ojos,
abre: muéstrate TU.
Despierta el abedul
de largo sueño.
Ciñe el castaño
mariposas blancas.
Lanza el abeto azul
delgados dedos,
la yedra estrena
reluciente laca.
Ya sus rubíes el
cerezo forma
-soltó los pétalos
en mar de nácar-
Y van los arces
desplegando fronda
donde la luz sutil
se vuelve opaca.
Al boquerón del
muro coquetean
palomas grises,
cándidas el nido.
Defienden, cubren
con sus alas vedan
la fuga pronta del
recién nacido.
Todas las cosas
cambian de semblante;
la vida bulle con
febril denuedo,
crecen la luz y el
día a cada instante
y vigoroso se alza
el mundo nuevo.
¡Ay si de amor mi
entraña floreciera
y limpia, clara,
como el alba fuera
de luz en luz, y de
calor, ganando
para mirarme en Ti
resucitando!
Despliega, Sol, tu
límpida belleza.
Inicia, Viento,
bulliciosa historia:
La Iglesia toda,
miembros y Cabeza
quede vestida en
flor de joven Novia.
Como
edredones
de sucia
lana,
como
escuadrones
de ovejas
pardas,
como
ballenas
de panzas
vanas,
pasan las
nube
y van sin
agua.
Gime la
tierra
seca, sin
lágrimas,
abre su
entraña
grita y se
rasga.
Forma de
lepra
tiene su
cara;
seca la
hierba,
árbol sin
ramas.
Braman las
reses
en las
majadas,
mueren las
mieses
en las
sembradas.
Caen las
aves
en su
volada:
gráciles
naves
¡No tienen
agua!
Señor y
Padre,
si Tú no
llueves,
no habrá a tu
Madre
quien flores
lleve!
Del sol y el
agua
nace la
flor.
- De la
mirada
encariñada,
la
llamarada
de la ilusión
-
Mas, sin la
tierra
¿dónde se
encierra
su
corazón?
Sin el
sonido
de los
latidos
¿dónde el
sentido
de la
emoción?
¡Cuánto
desprecio
por este
barro,
que con sus
manos
formó el
Señor!
¿Dónde su
nombre
de ser un
hombre
sin esta
arena?
¿Dónde su
carne
sin una
madre,
que lo
pariera?
Con agua y
sol
crece la
flor;
y de este
cieno
Dios hizo el
cielo
de su
mansión.
El Padre
bueno
y el Hijo
Verbo
y el Santo
Amor
dieron al
barro
sabor
humano.
Y con su
fuerza
hizo
presencia
en nuestra
historia
en flor y
arena
nuestro
Señor.
Grises los cielos
turbia la
huerta,
recia
tormenta
rachas de
viento.
De mi
aposento
libros,
papeles,
-un
crucifijo-
Yo te
contemplo.
¿Si yo dijera que
te amo
diría, Señor, la
verdad?
Y no sería
mentira
sería quizás
falsedad.
Amarte seguro yo
creo
¿Mas es
realidad?
Agua, agua,
agua:
la tierra lava su
cara.
Sol, y sol, y
sol:
los campos visten
de flor.
Di, día,
día:
las ramas bullen de
vida.
Noche, noche,
noche:
unce la luna su
coche
con cascabeles de
luz.
Sol y agua, noche y
día
repartidos con
medida,
dan al mundo la
alegría
y a los hombres la
ilusión.
Oh tus besos y
caricias
de gran Padre y
buen Señor;
que enrojezcan mis
mejillas
al arder en tu
calor.
1982
Once golpes recios
sonó la campana;
once sones largos
conmueven la casa;
once voces graves,
severas palabras;
en ecos sonoros
silencio proclaman.
Tocan a descanso,
los ruidos se alejan;
se alargan los
claustros, se cierran las verjas;
el agua del patio
la luna refleja,
y sueña en amores
la luz que la besa.
Centellas de
níquel, mantilla de esposa
extienden los
cielos carruaje de bodas;
sedosas lechuzas,
tictac de las horas,
mantienen los
sueños en ondas sonoras.
Del fondo del valle
los faros de un coche,
intrusos, curiosos,
invaden mi noche;
los párpados caen
cual tímido broche
del cielo y la
tierra; mis ojos se esconden.
Señor de los astros
que siembras la calma:
custodia mi cuerpo,
vigila mi alma;
despierta mis ojos
al beso del alba
y sean reflejo del
sol de tu cara.
1983
Sobre la mesas, tu
Libro;
sobre tu Libro mis
ojos;
y en mis ojos el
alivio
de encontrarme con
tu rostro.
Voces, cantos,
versos, rimas:
las hazañas de tu
historia,
donde tus ojos me
miran
con resplandores de
gloria.
Tras la ventana,
los campos;
y en los campos,
nuestro huerto:
bosquecillo de
manzanos
con las entrañas al
viento.
Una ringle de
perales,
dos acabados
ciruelos,
con zarcillos los
parrales,
y membrillo con
renuevos.
En murmullos los
canales
y en los puntos
cardinales
- la esquinas del
convento -
cuatro salas de
concierto
donde ensaya el
ruiseñor.
Van las nubes de
llovizna
y la luz, modesta y
tibia;
los cabezos sin
contornos;
sopla el aire de
bochorno,
y se desliza sin
voz.
Montes, aires,
plantas, huerto…
son tus voces,
grito abierto
de que me guardas
amor.
I
Despierta el
almendro
en sueños de
flor,
-murmullo en el
huerto
de santa
emoción-;
Alarga su
curso
la rueda del
sol;
transpiran los
surcos
sedoso
verdor;
El soplo del
Viento,
-tu cálida
Voz-
despierte del
sueño
mi alma,
Señor.
II
¿Dónde pondrá la
abubilla
la casa de sus
amores,
si son las zarzas
ceniza
y los olmejos
carbones?
¿ Lucir veremos las
flores
de su cabeza
coqueta
y engalanar sus
colores
los aires de
nuestra huerta?
Talado quedó el
ramaje
donde en tupido
silencio
acicalaba el
plumaje
y entretejía sus
sueños.
Conduce, Señor, su
vuelo
hacia cercanos
zarzales
de donde pueda,
ligero,
embellecer los
parrales.
Un
día de niebla espesa
Desde una pelada
rama
en un desnudado
chopo
-entre almohadones
de lana,
una mañana de
otoño-
un pajarillo
soltaba
sus trinos al aire
solo;
¡y en silencio
respondía
un mundo vacío y
sordo!
¿A qué tan dulce
cantada
si muerto yacía
todo?
¿No es desatino
loco
querer responda la
nada?
¡Pero quizás sea el
modo
de verla de sí
alejada!
Canta:, pajarillo,
canta
aunque ninguno te
oiga:
que ni la más densa
boira
llegue a cerrar tu
garganta.
Que si en tu voz no
te escuchas
y a tus entrañas no
llega,
quedrás como la
niebla,
sin corazón ni
figura.
Ante callar
desolado,
tan sólo porque no
sienten
los que medran a tu
lado,
y vivir de ti
consciente,
aunque parezcas
borracho
por dar al aire tu
canto,
echa de ti lo
primero
y haz sin dudar lo
segundo,
¡que en ti estará
todo el mundo
si eres contigo
sincero!
¿Quién dio (el)
verdor al nogal
y a la alameda las
hojas?
¿Quién despertó la
rosa
con un beso en el
rosal?
¿Quién desprendió
del peral
en jugo las
mariposas
y aderezó
deliciosas
las uvas en el
parral?
¿Quién en tan dulce
panal
compuso la humilde
higuera?
¿Quién de los higos
y brevas
batió jalea
real?
¿Y quién cubrió con
un chal
el almendro
tempranero,
de sonrisas al
ciruelo
y de luz al
membrillar?
¿Fuiste tú acaso en
verdad?
¿Tú que de todo te
quejas,
tú que, de pobre,
no llevas
ni la carga de tu
edad?
Agua. quizás del
canal
encauzaste por tu
cuenta,
mas ¿es el agua que
rentas
también de tu
propiedad?
¿Qué, por tan solo
regar
y desbordar el
alcorque
produces ya
albaricoques
y es tuyo el
manzanar?
Cuándo al fin
comprenderás
que tanto frutos y
flores
son expresión de
favores
y muestra son de
amistad?
Recíbelos en
señal
de un amor que no
mereces
y veras cómo tú
creces
al gustarlos de
verdad.
Dame, Señor,
contemplar
la multitud de las
cosas
como dádivas
hermosas
en que tú también
te das.
desde
mi convento
A
manzanilla
huele mi
cuarto:
¡a
florecillas
del ancho
campo!
Boca
amarilla
en encajes
blancos:
¡limpia
sonrisa
del mes de
Mayo!
Una
delicia
para el
olfato,
y
medicina
para el
quebranto
las
hierbecillas
que yo me
guardo.
Son las
hojillas
dulces y
suaves;
en agua
hervida
perfume que
arde;
como
bebida
¡a flor me
saben!
Que sean
obras
de fe
sencilla
las que
compongan
mi entera
vida
y en rico
aroma
de
medicina
perfumen
todas
las horas
mías
¿Por que, Señor, me
encanta ver el fuego?
¿Porque sutil se
eleva en fina llama
y en crepitar
alegre -canto y juego -,
versátil, en
fulgores se derrama?
¡Y como danzan
gráciles sus dedos,
y por los aires
vibran tan holgados,
tornando el peso
opaco de los cuerpos
en flor de luz y
soplo emocionado!
Quien de tu lengua,
férvida cuchilla,
crisol de amores,
fuerza transformante,
pudiera degustar la
medicina
que cura y calma y
raja cual diamante
la piel del alma y
médula, escondida,
descarna al hombre
y deja transparente
ante los ojos
nervios y junturas.
Prende, Señor, tu
Fuego en mis entrañas
y arda mi corazón
en grácil llama.
Tristes están las
estrellas
porque ya nadie las
mira;
mustias, las flores
bellas,
porque ya nadie las
cuida.
Tapa los ojos el
barro;
el corazón no
palpita;
mudos quedaron los
labios:
los devoró la
polilla?
Abre tu rostro a
las cosas
y verás cómo
respiran:
que para sentirse
hermosas,
¡basta que tú se lo
digas!
tanteos
¡DIOS ES AMOR!,
proclama la Escritura.
Misterio de
misterios bien sobrado:
el Dios inmenso
baja de la altura
y se hace, por
amores, nuestro esclavo.
¿Quién creerá,
Señor, tan gran milagro,
que el cielo bese
tierra y en su anchura
decida convivir el
fin menguado
que le confiere un
ser de criatura?
¿Quién no decidirá
llevar el peso
que tu presencia,
llena de perdones,
en nuestra
condición convierte en beso?
¿Cómo no dar cabida
a los amores,
que elevan, queman
-pálpito de incienso-
y hacen hijos a
hombres pecadores?
Terrible mal vivir
entre pecados;
peor aún huir de
ser amado.
Pues quien se
aleja, necio de la fuente,
¿cómo ha de saciar
su sed ardiente?
desde
mi convento
¿Veis esos
sitios
de la
Ribera
desde el
tomillo
apenas
medra
y donde el
suelo
deja al
romero
sin
florecer?
¿No veis
quemada
la
superficie
por la
abundancia
de su
salitre,
y los
cabezos
que yacen
muertos,
sin
cultivar?
Y donde el
agua
marcó su
rastro
¿no veis la
mancha
del sucio
esparto,
con la
aspereza
de su
color?
¿Y veis la
tierra
-cristal de
yeso-
cómo
revela
en mil
destellos
su aliento
débil
en un
estéril
resplandecer?
Pues allí
mismo,
donde
parece
que nada
crece,
surge un
espino:
la dura
aliaga,
que se
desgarra
en linda
flor.
Allí la
abeja,
trabajadora
del suave
néctar,
vuela y
reposa:
de recia
espina
-gran
maravilla-
liba su
miel.
Cuántas las
almas
que por el
suelo
donde se
arraigan,
tienen
aspecto
de ser
espino,
sin más
destino
que hacer
sufrir!
Palabras
secas,
facciones
duras,
mirada
recia,
sin
compostura,
de gesto
frío,
sin
atractivo
y sin
color.
Pero
dejadlas
en su
momento
cubrir sus
ramas
de verde
aliento,
y vedlas
bellas
y, como
estrellas,
resplandecer.
En
ocasiones
-las más
aciagas-
pueden los
hombres,
como la
aulaga,
vestir los
campos
-calveros
blancos-
de flor y
miel.
Tan sólo
dadles
abrir la
entraña
de su
carácter:
como la
aliaga
cuando
florece,
veréis que
ofrecen
(al que
padece)
sabor y
luz.
Que yo
comprenda
que en las
espinas
también hay
vida
y por
extremas
que se
presenten
que brindan
siempre
alguna
flor.
Hiriente el
sol,
trotón
que
nace
en la
alborada,
y da
canción
de
adiós,
la
tarde
engalanada.
Fugaz la
luna
de
espuma.,
que
sale
en noche
clara.
Y las
estrellas
que
quedan
temblando
en la
mañana.
Sin luz la
flor,
sin
voz,
el
ave
en la
enramada;
Y el
lucero,
portero,
que
abre
la faz del
día.
AMARGA y
grave
la corta
vida
en muchas
horas.
Pero en
todas,
por
desabridas
que ellas
sean,
Tú te me
entregas
en PAN de
Bodas.
Viril
-humano-
y afán
robusto
gustar el
gusto
del PAN
AMARGO.
(El amargor es un
gusto.
Un gusto creado por
Dios.
Hay días en que
todo aparece oscuro y agrio.
También ahí está el
Señor.)
1985
Sonoro el
cumplido
de los labios
mudos;
vibrante el
latido
del hogar sin
humo,
gigante la
lengua
que calla
discreta;
robusto el
afecto
que estalla sin
gesto,
y augusta la
letra
sin talla ni
cresta.
Sutil
melodía
de finos
acordes,
total
poesía
en rima de
amores,
la voz del
silencio:
aroma ya
concierto
de sol y
violetas
el alma que
abierta
se da sin
hablar.
Afina tu
estilo
escande tu
verbo;
deshoja en ti
mismo
la flor de tus
sueños:
tu amor
recogido
será un
estallido
capaz de
inflamar
Recoge el
sentido,
desnuda el
deseo;
Atiende al
Amigo
que habita en tu
seno.
ya aprende el
oficio
de oír y
callar.
Desgranen
sonoras
sus voces los
vientos;
tus gráciles
versos
-canción de las
obras-
darán al
silencio
su gracia y
virtud.