(un minusvalido)
Tú me miras;
yo te miro.
Me sonríes;
te sonrío
tu me hablas...
yo suspiro
Tus palabras
no consigo
descifrar;
tus vocablos
tan extraños...
mis oídos no
alcanzan el sentido
que tu lengua
quiere dar.
Te contemplo:
ademán y movimiento
dícenme tus
sentimientos.
Yo los sigo
todo fijo
sin poderlos
penetrar.
Quien me diera
ver por dentro
y captar
el un momento
tu sentir y
pensamiento
que deseas
expresar.
Con tu brazo
medio muerto
y embarazo en el
andar...
con tu lengua
tan torcida
impedida en el
hablar...
En tus gestos
imperfectos
en tus ojos
revoltosos
En tu porte
sin fresortes,
entreveo
un “misterio”
que deseo
contemplar (venerar)
STEPHAN:
yo te miro
te sonrío
yo te quiero
ABRAZAR.
(Dios está ahí.
Ahí también mi
respeto y veneración.
Dios es admirable
en todas sus obras,
aún en éstas.
Amén).
A las hermanitas
de los ancianos desamparados
Franfurt, 1982
Cual tórtola queda
que los aires
hiende;
cual copo de nieve
que las auras
llevan;
rocío de perlas
y bálsamo suave
del cielo, que cae
desprendes,
hermana,
en tórrida tierra,
solaz al que sufre,
divino perfume
que eleva y
encanta.
Tú, voz animosa
al paso que
tiembla;
y al ojo que yerra
luz, tú, cariñosa.
Susurro de acacia,
crujido de lana
tus pasos tan
tenues,
tus manos tan
muelles,
caricia de gasa;
sonrisa de plata,
forjada en amores,
levantas mil flores
por donde tú pasas.
A gentes ancianas
en brazos de madre
-¡así eres de
grande!
sostienes y calmas.
Y son tus palabras,
tus obras y gestos
destello y espejo
del Dios que nos
ama.
Viviente portento,
así, tú, poema:
la vida recreas
al soplo del
viento.
Con aires callados
Y labios despiertos
infundes aliento
al más desgraciado.
Cuando te veo,
anciana, vacilante
un paso dar mas
otro por la acera,
y, por la oscuridad
de tu ceguera,
tender la mano
humilde y suplicante;
Cuando tu soledad
en todo instante
considero, debida a
tu sordera,
y que a la muerte llamas “compañera”
con voz exhausta,
frágil, trepidante;
Cuando pienso que
tú, canosa noble,
dos guerras has
llavado dolorida,
-como madre y
esposa en pena doble-
inclino mi cabeza
enternecida
y abrazo
complacido, viejo roble,
tus canas ya
combadas y caídas.
Tu, fabricaste,
buena, nuestra holgura
llevando sola y
brava tu amargura.
(Que el Dios eterno
y Santo te bendiga
y te dé, como diste
tú, la Vida)
Dios os bendiga,
intrépidos braceros
del campo del Señor
-serna y parrales-
donde el racimo
invita a los lagares
y el grano ya
maduro a los graneros.
Cread en su poder
un mundo nuevo,
donde las zarzas
crezcan en rosales,
en dóciles corderos
los chacales,
los odios en amores
verdaderos.
Que el Aspid viejo
huya a vuestro paso
y caigan demolidos
sus altares;
alzad con vuestro
amor a los cansados
y con la fe calmad
su sed y hambre;
id sin temor alguno
a los sembrados
aunque dejéis en
pago vuestra sangre.
¡Meted gozosos
podadera y hoz!
¡Tornad con su
palabra el barro en flor!
Que nadie puede,
Dios de compañero,
frenar vuestra
labor de mensajeros.
Nuestra voz con
vosotros, nuestro aplauso
nuestra súplica
diaria y nuestro canto.
1980 (Alemania)
Mirad cómo pasa,
el cuerpo
inclinado,
un hombre vestido,
de color butano.
Con gesto indeciso,
camina despacio;
escoba de hierro,
badil en la mano,
recorre la calle
arriba y abajo;
¡Recoge basura
que vamos tirando!
las hojas caídas,
papeles gastados,
la fruta podrida
manchada de barro.
¿Quién es este
hombre
tan poco agraciado?
moreno de rostro,
cabello rizado,
pequeña figura,
y hablares
extraños?
es un extranjero,
pensamos callando;
es el barrendero
que cuida los patios.
Oficio más limpio
encuentro yo raro;
quitar lo podrido,
de dejando lo sano.
es agua del cielo,
es médico bravo,
artista hacendoso
y buen cirujano:
salud barrendero
que cuidas lo bueno
y quitas lo malo;
salud extranjero
que limpias los
patios
no queda manchado.