Eres ceniza, barro deleznable;
tupida red de ingratos sentimientos;
delgada luz de frágil lucimiento
que deja de existir apenas nace.
Con ansia radical de eternidades,
construyes tu mansión sobre los vientos,
pretendes levantar en tí los tiempos
y acabas por crear obscuridades.
¿Cuándo verás que tienes más ceguera
que luz en tus pupilas, y retraso
que agilidad al conducir tus pasos
si contra tu Señor la voz elevas?
Proclama sin doblez tu insuficiencia
y aplasta tu arrogancia contra el polvo:
recuerda que no vives tú tan sólo
y que a tu Dios adeudas la Existencia.
Acércate a sus brazos, criatura,
y encontrarás en ellos tu sentido;
en él serás siempre un hombre vivo
que puede remontarse a las alturas.
(Que aunque ceniza y polvo ¡eres hombre!
y ha puesto Dios en t í ¡un alma noble!
Dispara tu deseo hacia lo alto
y vive con pasión querer ser santo.)
Desnúdame
Desnúdame, Señor, y, ya desnudo,
restaña mis heridas con tu fuego,
en ellas vierte aceite y vino nuevo
y convierte mi carne en cuerpo tuyo
Desata con tu voz mis labios mudos;
mis pies y manos pon en movimiento;
el alma toda lávame por dentro
y otórgame mirar con ojos puros.
Mi desnudez será entrañable abrigo
de quien, desnudo, gusta en estertores
la hiel amarga del amor perdido;
la sangre de tu pecho, tus amores
a mí me harán, en sangre convertido,
limpieza en caridad de todo hombre.
Yo quiero ser en ti lo que tú eres
y hacer aquello mismo que Tú hicieres.
Hay realidades que abruman
y desgarran nuestro ser
- ¡limitaciones desnudas
de la propia pequeñez! -:
Una mente que asegura
poder al cielo ascender
y el débil soplo que esfuma
las ilusiones de ayer.
Eres ceniza pisada
¡ y tienes alma de rey!
¿cómo llevar con tu nada
una corona en la sien?
Pues si la nada te aplasta
y la grandeza también,
¿cómo darás fe a tus ansias
de alcanzar lo que no ves?
Fija tus ojos en Cristo
y pon tus manos en él,
tu nada tendrá el auxilio
de ser a tu rango fiel.
Pues, aunque polvo, eres hijo,
y aunque brizna de papel,
hay en ti un soplo divino
que de fango te hará Edén.
La Cuaresma nos invita
- somos todos hambre y sed -
a beber el agua viva
que nos ofrece la fe.
Vamos con ánimo firme
a Sión desde Belén,
con Jesús, Maestro humilde,
nuestro hermano y nuestro rey.
segunda mitad de marzo
Camino de Pasión, recién nacida,
pasó la luna, flor de primavera,
llevando tras de sí mantón de estrellas:
la “hoz” en media cara ya crecida.
Nevó con luz lechosa todo el huerto,
los árboles besó, y a su contacto,
perdidas las estrellas de su manto,
mudose en algodón el árbol nuestro.
Camino vamos ya de Santa Pascua:
El Cuerpo del Señor, en cruz esbelta,
se adorna de fulgor, y se presenta
al alma penitente en veste blanca.
Pasa, Señor, por mí tu mano buena,
transforma radical las fibras duras
e inflama de tu luz mi piel desnuda,
¡que ya la luna va de cara llena!
Vamos con el Señor al descampado
a gustar el encanto de su voz;
sin ruidos, sin rumores, descarnados,
llenemos los sentidos de su amor.
Que nada nos impida contemplarlo
como Pedro en la cumbre del Tabor,
recostar nuestro pecho en su costado
y ser con él un solo corazón.
Dejemos las imágenes torcidas,
y brille hermoso su semblante fiel;
bebamos, con el alma compungida,
el llanto amargo con sabor a miel
y tomemos su cuerpo por comida
para morir y resurgir con él.
En las arenas claras del desierto,
la mente recogida y en silencio,
cambiará el Salvador nuestra existencia
con el solo fulgor de su presencia.
Recuerda que eres polvo y sombra leve
que el viento más ligero desparrama;
ceniza pegajosa, mal quemada,
que todo cuanto toca lo ennegrece.
¿Por qué de tu poder te enorgulleces,
cuando a la luz viniste de la nada?
¿No sientes en tu carne, despiadada,
la mordedura fría de la muerte?
Oh tú, vapor sutil y barro inerte
que no eras antes, ni serás mañana,
retorna sobre ti y considera
quién eres, dónde vas y qué te espera.
Porque eres polvo, sí, mas consagrado,
ceniza original, mas en proceso
de ser por Dios sumida en flor de incienso
y en auras celestiales sublimado.
Serás cristal traslúcido a su lado,
dispuesto a reflejar su brillo eterno,
si vives en tu carne los ejemplos
de quien por ti fue polvo enamorado.
¿No vibra ya tu corazón, tocado
por la dulzura limpia de su beso?
Vuelve sobre su rostro tu mirada
y encontrarás fundida en él tu cara.
Señor, contigo iremos al desierto
en la aspereza y soledad más dura
a contemplar absortos tu figura
y a gustar del Espíritu en silencio;
contigo hacia la Cruz caminaremos
a dar cumplida muerte a nuestras culpas;
despiertos velaremos a tu tumba
para verte surgir después de muerto;
a tu lado, Señor, y de tu Cuerpo
habremos de beber el Agua Pura
y en manantial viviente convertidos
llenar el corazón de Dios contigo.
Oh tú, ceniza, polvo y sombra vana,
manojo de inquietantes estertores,
unido a Dios en ósculo de amores
floreces, de raíz, en su morada.
Renueva tu belleza soberana
de ser cristal y vaso de esplendores;
no dejes agostarse en ti las flores
que el mismo Cielo abrió con su Rociada:
que no eres, no, manchón de incierta nada,
ni oscuro mar de cáusticos sabores,
sino las niñas de sus ojos vivos,
henchidas de color y de sentido.
Llegó la Cuaresma, venid
al desierto:
con los pies desnudos y
los brazos tensos
limpiemos la tierra de
espinas y cardos
que fueron las flores de
nuestros pecados;
Cerremos los labios, guardemos
silencio;
oigamos tan sólo las voces
del Viento;
y, ciegos los ojos a toda
figura
que no sea imagen real de
la altura,
pongamos el peso de
nuestros afanes
en ir en el alma podando
frutales.
Ciñamos el yelmo: la fe
sin malicia;
al dios de este mundo -los
odios y envidias-
brindemos resueltos
cumplida batalla:
la manos empuñen la Santa
Palabra.
Bebamos con Cristo la copa
del Padre
-sollozos mezclados con
hiel y vinagre-
carguemos a cuestas su
Cruz de dolores
y en ella adoremos al Rey
de señores.
Palpemos las llagas del
Hijo Exaltado,
sorbamos el Soplo que
inspiran sus labios,
gocemos alegres de su
compañía
y hagamos misterio de amor
nuestras vidas.
¡Que bello, Jesús,
recorrer tu camino,
gustando la Cruz y la
Gloria Contigo!
Con ánimo pronto y espíritu
abierto
-llegó la Cuaresma- ¡Venid
al desierto!
Venid al desierto
y en alas del Viento
trepemos las peñas,
y allí en las estrellas
bebamos la luz.
De noche y de día
ayuno y vigilias;
por todo alimento
- en alas del Viento -
busquemos a Dios.
Sin flor ni figura,
sin sol ni frescura,
en alas del Viento,
- sonoro silencio -
oigamos su voz.
Hollemos descalzos
los ídolos falsos,
y en Cristo los ojos,
digamos de hinojos
“Mi Dios eres Tú”.
Que no nos sorprenda
ninguna injerencia
del dios de la envidia,
que ofrece en mentira
un Reino sin Cruz.
Vete animoso al desierto
y, por agrestes quebradas,
en busca del Sol y el Viento
vuelve a mirarte en el alma
en sonora soledad.
Trepa las crestas más altas,
y entre peñascos desnudos
donde las nubes descansan,
contempla atónito y mudo
tu agobiante poquedad.
Vierte en el Aura tu aliento,
como pompa sin membrana,
y saborea en silencio,
en el confín de tu nada,
el encuentro con tu Dios.
Limpia tu razón enferma
con la voz de tal amigo
y deja la puerta abierta
para que cene contigo
en profundo amor y paz.
Y en la noche del misterio,
quizá sin luna ni estrellas,
da un lugar al pensamiento
para ver en ti las huellas
que de sí dejó el señor.
Pues no se adquiere la ciencia
sin vivir en la inocencia
ni se quiebra la arrogancia
sin degustar la ignorancia
en una atrevida infancia
de llamar tu Padre a Dios.
Voy a levantar vacíos
y llenarlos de silencios
para encontrarme contigo
con el corazón abierto.
Dame a beber tu Rocío
en las dunas del desierto
y respirar de tu Espíritu
al socaire de los vientos.
Fuera de mí torbellinos
de macabros esperpentos,
rabioso color y mitos
de imagen procaz y estruendo
que entorpecen el sentido
y sesgan sentimientos:
quiero mirarme a ti unido
desnudo en la cruz y muerto.
El Santo Espíritu, Señor, te llevó al desierto
y entre rocosos sequerrales de extraños ecos
fuiste por él, día y noche, conducido al Padre
en abertura radical y en abrazo suave.
Fundido con Él, aunque hombre de humilde carne,
te rasgaste a su voluntad en sudor de sangre,
al escuchar de su boca ¡Hijo Predilecto!
y gritarle Tú con toda entraña ¡Soy tu Siervo!
Te suplicamos, Señor, que el Espíritu Bueno
nos sumerja, mente y corazón, en tu silencio
para gustar de los labios de Dios ¡Sois mis hijos!
y balbucirle nosotros ¡Y Tú, Padre nuestro!
Que, cuando insidioso se nos presente el Maligno
a entiznar el blanco fulgor de tus designios,
respondamos con firmeza: “No soy quien habla,
sino el Padre en mí con el poder de su Palabra”
Permítenos, Señor, subir al monte
y contigo pasar la noche en vela,
para beber al alba la más bella
y señorial blancura de tu porte.
Con Moisés y Elías va tu nombre,
mas está en ti la plenitud entera
de un Dios que, fiel y en donación extrema,
se acerca paternal a todo hombre.
Tuya, Señor, hiciste nuestra suerte,
cargando sobre ti la cruz sombría,
al clavar en tu piel la humana muerte,
como signo vital de tu gran día:
concédenos ahora obedecerte
y compartir después tus alegrías.
Pues eres Tú, misterio de obediencia,
la única razón de la existencia.
Yo, tu Dios, el Señor de los señores,
el Rey supremo, fiel a la palabra
de juzgar a los pueblos y naciones
y de pagar a todos lo que hagan,
sembré en tu corazón limpios amores
para que tú en ellos te inflamaras;
mas he aquí que fueron agrazones
las obras de dulzor que yo esperaba.
¿Qué hacer en tan amargo desconcierto?
¿Renunciar indignado a la cosecha
y el tocón astillar con mi derecha?
Oh Dios, mira a tu Hijo en el tormento
y en atención a tanto sufrimiento
muéstranos compasión y ten paciencia.
Y tú, Jesús, aviva con tu Soplo
la entumecida savia de este tronco.
A tierras lejanas partiste altanero.
dejando a tu Padre en amargo desvelo,
perdiste tu hombría - ¡pastor de unos cerdos!,
y siendo tú hijo de recio abolengo
esclavo te hiciste de extraño señor.
¿No quieres volver y decirle apenado:
Me alcé contra ti, contra el cielo he pecado,
negué ser tu hijo, rompí con mi hermano,
tenedme por siervo, ¡mas siempre a tu lado!”?
¡Tendrás de tu culpa entrañable perdón!
Bullir sentirás en tu espíritu el gozo,
al ver cómo corre hacia ti jubiloso
- los brazos abiertos, sonrisa en el rostro,
radiante fulgor de alegría en los ojos -
el Padre que llora por verte venir.
Anillo de oro tendrás en tus dedos,
vestidos de seda verás en tu cuerpo,
tus pies calzarás en sandalias de cuero,
y besos y abrazos, y al Padre a tu cuello…
y el toro cebado ofrecido en festín
Venid, celebremos, hermanos, la fiesta,
tendidas las manos en paz y clemencia,
seamos familia - la casa es la Iglesia,-
que acoge, perdona y en ósculos muestra
que al hijo perdido recibe el mayor.
Rostros airados, torvas miradas,
palabras burdas, manos alzadas,
casi arrastrada trae la turba
una mujer.
“En adulterio fue sorprendida;
según las normas - ¡es ley divina!
apedreada debe morir.
¿Qué dices Tú?”
Jesús se encorva y escribe en tierra…
- los malhechores son como arena -
“Tiren los justos su propia piedra
para matar”.
Todos se miran, y uno tras otro,
llenos de ira, bajan los ojos,
dejan las piedras, y vuelto el rostro,
marchan sin voz.
Y quedan solos: la pecadora
y el buen Jesús, que le interroga:
“Quién te condena por esta obra?”
“Nadie, Señor”.
“Pues yo tampoco doy la sentencia;
anda tranquila ¡por buena senda!
y en adelante, así suceda,
no peques más”.
“Que no he venido a dar la muerte
sino la vida; a ofrecerme
para que vivas y vivas siempre
en paz con Dios”.
“Misericordia, es lo que estimo,
pues no me honran los sacrificios
donde no hay gestos bien percibidos
de compasión”.
Fuiste, Señor, tentado por el diablo
- cuando tu ayuno hurgaba sus recelos -
a que realizaras con tus manos
en propio beneficio los portentos.
La piedra en pan, y el salto del alero
sin que tus pies sufrieran algún daño,
y los poderes todos de los reinos
¡si “dios” lo confesaras soberano!
Mas, ¿cómo a ti, Señor, el pan humano
podría en hambre serte de tropiezo,
si todo Tú del cielo como hermano
a los hombres te das en alimento?
¡Que no hay más pan, ni salto más cumplido,
ni audacia que levante más imperios
que oír solícito la voz de amigo,
que el Padre con amor nos da en el Verbo!
No busques nunca alivio a tu miseria
fuera del Don que Dios en su Palabra
como alimento sustancial te entrega:
cómelo y hazlo fibra de tu entraña;
Pues aunque amargo parecer pudiera
contiene en su interior la vida eterna.
Subiste, Señor, al monte a soltar la aurora,
a darle con tu aliento resplandor y aroma;
la besaste, y al limpiar de sopor su cara,
te hiciste todo luz y transparencia clara.
Reluciente flotó en el aire tu figura
como sutil urdimbre de la luz más pura:
Elías y Moisés y la voz sonora
que descendió en nube espesa de las alturas
dieron testimonio veraz de tu persona.
¡Quién pudiera - como Pedro - hacer tres chozas
y contigo, cara a cara, pasar las horas!
Mas siendo Tú el Camino, que no hay más senda,
forzoso será contigo subir la cuesta
que a convertirse en aurora de mañana
del hondo valle nos levanta a la montaña.
Que no podremos respirar, ni ser la luz
si no degustamos, clavados en la cruz,
la extrema desnudez de un Sol que se abre en llagas.
Andando, amigos, camino del Calvario
a encender con Cristo la lumbre de la aurora
para, en él misteriosamente transformados,
vestir radiantes la luz eterna de su gloria.
Quiero escuchar, oh Dios, al Hijo de tu entraña
y hacerlo carne propia y médula del alma.
Fatigado del camino, vienes, Jesús, a mi encuentro
y me pides de beber,
¡cuando yo busco sediento por camino polvorientos
apagar mi propia sed!
¿Y quieres calmar la tuya con la que yo llevo dentro
y abrasa todo mi ser?
Pues si a beber yo me acerco del agua que Tú me
alargas,
la mía será calmada, y en fuente viva cambiada,
apagas - dices - tu sed.
Y de una y otra manera, ansioso por entregarte,
me fuerzas con tu cariño, a que desnude mi carne.
“¿No ves, me dices, mujer, que tanto aljibe ya roto
no puede el agua ofrecer a tus cacharros sin fondo?
¿A quién quisiste vender en amores tu persona
que te dejaron vacía con tu sed amarga sola?”
“Agua te doy (Yo) a beber que nunca jamás termina:
bebe y apaga tú misma la sed más honda del alma”
¡Qué sed, oh Señor, la tuya que sólo de sed se
sacia!
¡Y qué saciedad la mía que por vaciedades anda!
Oh mi divino Jesús, junto al pozo yo te espero
- ¿no me esperabas Tú ya? - a que la sed que yo
tengo
no me devore ya más.
Dame, Señor, a beber del agua que tanto ansío,
pues rota por los caminos, me siento morir de sed.
Y si quizá alguna vez no me acercara a beberla,
¡por lo que Tú más deseas!, dame, Señor, tener sed.
En el amor que me ofreces y en la amista que me
entregas
haz que descanse yo entera y entera ponga mi fe.
De tumbo en tumbo por parajes sin contornos
acuciado por las voces y ladridos de un mundo
que se agita en odios,
palpando, rostro y manos, la luz sin ruido,
con los ojos nublados
y abiertos a cualquier insulto de los oídos,
llagados los pies y sin rumbo fijo,
iba gritando: “¡Piedad y compasión!”
Por las aceras de la gran ciudad
- droga, alcohol, sexo y tumulto -
bebiendo oscuridad y esquivando bultos,
alargando - sentado, de pie o tendido -
mis pobres manos
por el pan cotidiano
y una voz de amigo; ¡por un saludo que en cariño
alegrase, falto de luz, mis oídos!
iba gritando: “¡Compasión y piedad!”
Y pasaste Tú, casi sin ruido,
y me dijiste, con el más limpio de los sonidos,
“Vete a la fuente, lava tus ojos,
vente después y hablemos solos”.
Y fui, y me lavé, y vi curado
- tu luz divina entero me bañaba -
que mi rostro era el tuyo reflejado,
que la fuente eras Tú, el Enviado,
y que eras Tú el frescor del agua clara
que limpiaba hasta el tuétano mi alma.
Ojos soy en tus ojos,
y soy luz en tu luz,
agua en tu fuente clara
y en mis amores soy Tú.
No me importa si el camino
zigzaguea en su andadura,
o si por rocas desnudas
deben mis pies caminar:
que si Tú vienes conmigo
y al andar voy a tu lado
nada temo, tu Cayado
me sostiene y me da paz.
Nublaste tus ojos , de pena,
al ver otros ojos de pena llorar:
a modo de estrellas surcaron tu rostro
las lágrimas tiernas
que Tú, ¡Poderoso!, ignoraste acallar.
La muerte condujo al silencio - ¡tremendo! -
al hombre que amaste en cordial amistad;
sus venas, sus labios, sus ojos, ¡su cuerpo!,
ni laten, ni miran, ni pueden hablar.
Con Marta y María desgranas sollozos
y un vuelco en la entraña te da el corazón:
la tumba cerrada, las fauces del foso
desgarran sin pausa su carne en hedor.
¿Qué hiciste, Señor, no viniste tu amigo a salvar?
¿No son tus palabras, palabras divinas
que pueden, si quieren, la vida alargar?
¿Por qué le dejaste, Señor de la vida:
por qué le dejaste el hermano enfermar?
Tu amigo me llamas, y soy en verdad;
¿y dejas que el tiempo me asfixie,
que el viento me oxide,
que el suelo me pise
y olvide la historia que fui yo jamás?
¿Por qué por la muerte debemos pasar?
Viniste a ofrecernos la vida,
y creo, la vida nos das;
mas llevas la muerte en tu frente
y en ella conviertes en bien lo que es mal;
revientas su entraña,
al verte por ella engullido,
pues sólo a la vida concedes sentido
si mueres clavado en la cruz por amar.
Yo creo, Señor, que Tú vives por siempre
y la vida por siempre me das;
no quieras que aparte mis ojos
ni torne mi rostro y comience a olvidar
que Tú con tu Vida me das tu amistad:
Pronuncia, Señor, cuando muera, “Sal fuera”,
y mi cuerpo podrido, con vida glorioso saldrá.
El viento siembra palomas
y llueve espejos el sol,
sabor de ausencia en las sombras
y en las estrellas rumor.
Los silencios se deshojan
en murmullos de frescor;
la brisa besa sedosa
las mejillas del Señor.
Jesús, con el Padre a solas
- en un Aliento los dos -
desgrana filial las horas
en descarnada oración.
De su mirada la aurora,
de su palabra el calor…
¡y en sus ojos y en su boca
trabajos: hambre y sudor!
Miran las bestias absortas,
y al acecho el Tentador;
las piedras sueñan porosas
en hogazas de ilusión.
Vete con Cristo al desierto
a celebrar su Pasión,
a degustar el misterio
de su Triunfo salvador.
Mira animoso a su boca
y haz de la suya tu voz,
pon en sus manos tus obras
y en su pecho el corazón.
La noche sueña amapolas
y ríe espejos el sol…
¡Vuelve y recobra la honra
de ser un hijo de Dios!
Asciende animoso a la cumbre del monte
y enciende en tus ojos la lumbre del sol,
allí beberá tu pasión de ser hombre
el soplo divino que engendra tu voz.
Pues eres tú luz, si en la luz te sumerges
que Dios - en penumbra - desgrana en Jesús,
y voz tus sonidos, si rueda en los ejes
que mueven su vida trazando una cruz.
“Escucha a mi Hijo, Palabra sonora
que rompe las sombras y siembra el color,
y harás de tus gestos - vagidos sin forma -
razón creadora de un mundo mejor.
En luces y sombras - oscuras las unas
radiantes las otras - tendrás en tu vida experiencia
de Dios;
en cruces y glorias allí en las alturas
- ¡asciende animoso! - el monte Calvario se torna
Tabor.
Camina a la vera del Rey de los reyes
la senda empinada - guijarros y nieve - que alcanza
a Sión;
que aquí no hay estancias de firmes paredes
y el agua que bebes es dicha tan sólo en mermada
ilusión.
¡Arriba con Cristo
que es tu Señor!
Eres, Jesús,
Templo de Dios,
donde en la tierra
los cielos
ponen su tienda
para un encuentro
- en carne y hueso -
del hombre y Dios.
Pues eres tú
Dios como Templo,
hombre perfecto
y eterno Dios.
En ti
llamamos ¡padre!
al Dios bendito
y en ti
su voz nos hace
sentirnos hijos:
tu ser divino
y humana carne
son el santuario
donde adoramos
en el Espíritu
y en la Verdad:
un solo cuerpo
- el tuyo nuevo
resucitado -
es la morada
donde se encarna
la santidad.
Pues tú moriste
por los pecados
ajusticiado
en una cruz,
y tú rompiste,
resucitado,
todos los lazos
de esclavitud.
Tú eres el Templo
y tú el Camino
para el encuentro
con Dios, la Luz;
en ti unidos
todos los pueblos
forman un cuerpo
mi Buen Jesús.
Yo te confieso
- mente y afecto -
por mi Señor:
tú eres el Hijo,
el Templo Vivo
del Santo Dios.
Fue la Serpiente, bestia ponzoñosa,
la que mudó letal la humana suerte,
dando a la vida en vida viva muerte
con la ilusión de libertad capciosa.
Mas Tú elegiste en compasión graciosa
colgar con ella de la cruz inerte
y ser, para el que en fe quisiera verte,
vibrante rayo de salud gloriosa.
Cargaste a tus espaldas el pecado
que al hombre en la locura había hundido,
y lo mataste vivo en el Calvario.
Así, por siempre Rey, enaltecido,
pregón vital del hombre renovado,
imperas, pecho abierto, por los siglos.
( - Si fuiste por la Sierpe escarnecido
y por su baba inmunda profanado,
somos ahora en ti los bien amados
con el amor del Padre por su Hijo - )
Tienes que enterrar el grano
para que trences espigas,
y en muerte vivir tu vida
para que medres lozano:
que así es el obrar humano
con el amor por semilla,
que sólo nace en gavillas
si viene en muerte sembrado.
( -¿Cómo de amor verdadero
quieres que abunde la tierra
si tu egoísmo primero
no matas al par que siembras?- )
Mira a Jesús en la altura
clavado vivo al madero;
mira brotar de su pecho
el Agua más clara y pura:
¡y cómo sacia en hartura
al mundo en hambre y sediento
el que en la cruz cuelga muerto
por un amor sin mesura!
( -¿Cómo en amores te mueves
en tu estudiada conducta
para que amores engendres
como respuesta oportuna?- )
Mueres, Señor, por amores
desnudos todos tus miembros
para que sean eternos
tus abrazos a los hombres:
de la espina nacen flores
y de la “sombra”, destellos,
de las heridas, aliento,
y de la injuria, perdones.
( - Que así ha de ser tu vivir
si quieres medrar lozano:
has de primero morir
sembrando en Cristo tu grano - )
El Santo Espíritu, Señor, te llevó al desierto
y entre rocosos sequedales de extraños ecos
fuiste por él, día y noche, conducido al Padre
en abertura radical y en abrazo suave.
Fundido con él, aunque hombre de humilde carne,
te rasgaste a su voluntad en sudor de sangre,
al escuchar de su boca ¡Hijo Predilecto!
y gritarle tú con toda entraña ¡Soy tu Siervo!
Te suplicamos, Señor, que el Espíritu Bueno
nos sumerja, mente y corazón, en tu silencio
para gustar de los labios de Dios ¡Sois mis hijos!
y balbucirle nosotros ¡Y Tú Padre nuestro!
Que, cuando insidioso se nos presente el Maligno
a entiznar el blando fulgor de tus designios,
respondamos con firmeza: “No soy yo quien habla,
sino el Padre en mí con el poder de su Palabra”.
Permítenos, Señor, subir al monte
y contigo pasar la noche en vela,
para beber al alba la más bella
y señorial blancura de tu porte.
Tuya, Señor, hiciste nuestra suerte,
cargando sobre ti la cruz sombría,
al clavar en tu piel la humana muerte
como signo vital de tu gran día:
Concédenos, Señor, obedecerte
y compartir después tus alegrías,
pues eres tú, misterio de obediencia,
la única razón de la existencia.
Yo, tu Dios, el Señor de los señores,
el Rey supremo, fiel a la palabra
de juzgar a los pueblos y naciones
y de pagar a todos lo que hagan,
sembré en tu corazón limpios amores
para que tú en ellos te inflamaras;
mas he aquí que fueron agrazones
las obras de dulzor que yo esperaba.
¿Qué hacer en tan amargo desconcierto?
¿Renunciar indignado a la cosecha
y el tocón astillar con mi derecha?
Oh Dios, mira a tu Hijo en el tormento
y en atención a tanto sufrimiento
muéstranos compasión y ten paciencia.
Y tú, Jesús, aviva con tu Soplo
la entumecida savia de este tronco.
A tierras lejanas partiste altanero,
dejando a tu Padre en amargo desvelo,
perdiste tu hombría - ¡pastor de unos cerdos! - ,
y, siendo tú hijo de recio abolengo,
esclavo te hiciste de extraño señor.
¿No quieres volver y decirle apenado:
“Me alcé contra ti, contra el cielo he pecado,
negué ser tu hijo, rompí con mi hermano,
tenedme por siervo, ¡mas siempre a tu lado!”?
¡Tendrás de tu culpa entrañable perdón!
Bullir sentirás en tu espíritu el gozo,
al ver cómo corre hacia ti jubiloso
- los brazos abiertos, sonrisa en el rostro,
radiante fulgor de alegría en los ojos -
el Padre que llora por verte venir.
Anillo de oro tendrás en tus dedos,
vestidos de seda verás a tu cuerpo,
tus pies calzarás en sandalias de cuero,
abrazos y besos, y al Padre a tu cuello…
y el toro cebado ofrecido en festín.
Venid, celebremos, hermanos, la fiesta,
tendidas las manos en paz y clemencia,
seamos familia - la casa es la Iglesia -
que acoge, perdona y en ósculos muestra
que al hijo perdido recibe el mayor.
Rostros airados, torvas miradas,
palabras burdas, manos alzadas,
casi arrastrada traen las turbas
una mujer.
“En adulterio fue sorprendida;
nuestro criterio - ¡es ley divina! -
lo determina: apedreada
debe morir.
¿Qué dices tú?
Jesús se encorva y escribe en tierra…
- los malhechores son como arena -
“Tiren los justos su propia piedra
para matar”:
Todos se miran y uno tras otro,
llenos de ira, bajan los ojos,
dejan las piedras, y vuelto el rostro,
marchan sin voz.
Y quedan solos: la pecadora
y el buen Jesús que le interroga:
“¿Quién te condena por esta obra?”
“Nadie, Señor.”
“Pues yo tampoco doy la sentencia;
anda tranquila ¡por buenas sendas!
y en adelante, así suceda,
no peques más.”
“Que no he venido a dar la muerte
sino la vida; a ofrecerme
para que vivas, y vivas siempre
en paz con Dios”.
“Misericordia, es lo que estimo,
pues no me honran los sacrificios
donde no hay gestos bien percibidos
de compasión”.
Fuiste llamado a ser de Dios imagen,
cual eco existencial a su palabra,
mas quien hacerte quiso responsable,
recibió por respuesta tus espaldas.
¿Qué otra postura pudo ser tan grave
que la de ser un ¡No! en destemplanza,
a un Dios que se acercaba como Padre,
para vivir contigo en alianza.?
Con ello renunciaste a ser humano
y a llevar con holgura los poderes
que te erigieron amo de la tierra.
Apuñalaste impune al que es tu hermano
y, movido tan sólo por placeres,
lloviste sobre el mundo sangre y guerra.
Vuelve a tu Dueño del que saliste
y encontrarás la gloria que perdiste.
Llévanos, Señor, contigo
a la flor de las alturas
y en las esferas más puras
danos a beber tu luz.
Háblanos de los amores
que te consagran al Padre
y del Fuego que te invade
y enardece el corazón.
Tú, el Hijo del Dios vivo,
sobre Moisés y Elías,
eres norma y profecía,
nuestra Ley en plenitud.
Haz viviente tu promesa
de estar siempre con nosotros,
de que seamos tu rostro
y del Reino tu pregón.
Pues contigo de camino
no tendremos ya reparo
de tomar a nuestro cargo
el misterio de la Cruz.
¿Cómo me pides de beber, Señor, de las fuentes
claras,
si mi aljibe está cegado y llena de grietas mi
charca?
¿Que ves en mí que a mí vienes a refrescar tu
garganta,
si soy yo mismo hontanar de ceniza calcinada?
¿O es que sacias tú la sed, viendo en ti mi sed
saciada?
Dame de beber, ¡que muero!, Señor, de las fuentes
claras;
pueda yo saciar la mía en la sed que a ti te abrasa.
Dame tener sed de ti, y de ella colmar mi entraña;
contigo en la cruz clavado, guste yo tu sed amarga.
Tu luz, Señor, nos hace ver la luz;
tu voz, oír la creación en torno;
tus ojos, la verdad de tu retorno
y tu rostro en los otros ver un Tú.
Fuera de ti no encajan los sistemas,
ni la realidad es ya tan justa,
la relación se viste de hojas mustias
y la amistad más fiel decae y merma.
Allí donde estás tú, están las flores
y el suave rumor del agua virgen,
el silencio más blando y las canciones
del alma limpia y corazón humilde.
Mas ciego soy y siembro oscuridades,
igual que en la galaxia un pozo negro,
pon por tanto en mis párpados tus dedos
y se abrirán en flor de claridades.
Que quiero ser tu luz, Jesús bendito,
y vivir en tu amor por el Espíritu.
Se va la vida gastando
y las horas van tallando
huecos de noche y de luz.
Y al fondo del gran desierto
un sepulcro siempre abierto
nos reclama con su voz.
Inexorable el destino
y obligados los caminos
que nos arrastran a él.
¿Quién jamás podrá evitarlo?
¿Y de qué valdrá ignorarlo,
si nacemos ya enterrados
en tan deleznable piel?
Pero Lázaro es la marca
de que tú jamás nos faltas
como el amigo más fiel.
Porque tú nos acompañas
desde el sol de la mañana
hasta el denso anochecer.
Y es tu guía tan segura
que hasta en la foz más oscura
nada debemos temer.
Tú, Señor, resucitaste
y con ello transformaste
nuestro dolor en placer.
Pues los sepulcros vaciaste
y en el desierto plantaste
un delicioso vergel.
Gracias, Señor, por la vida
que tu muerte nos prodiga
y nos recrea sin fin.
Fuiste en amor de cara a Dios formado,
¡y a tu Señor volviste las espaldas;
por amigo abrazaste al mismo Diablo
¡haciéndote de ADAN oscura NADA!
Al opacar el brillo de tu gloria
y encadenar el mundo a tu destierro
la creación su paz cambió en discordia
y dio en protesta tríbulos el suelo.
¿Qué hacer contigo, soplo de pecado,
renuente en volver a Dios la cara,
si tú mismo, por odios desgarrado,
trituras sin piedad tu propia entraña?
Mas el Señor mandó al Hijo suyo
para que, hombre y como hombre, diera,
con su humildad la muerte a nuestro orgullo
y al seno de su amor nos condujera.
Y fue el desierto el campo de batalla,
donde, con alimañas y en ayuno,
la limpia desnudez de su palabra
limpió a las gentes del penoso yugo.
Pues en todo tentado por nosotros,
sus pruebas nos hicieron vencedores,
y sobre el mal surgieron poderosos
quienes lucharan fieles en su Nombre.
Con el cuchillo a punto en la garganta,
presto a teñir de sangre las gavillas,
un brazo paternal -pasión divina-
a descargar el golpe se levanta
¡en nombre del Altísimo Señor!
Mas Dios no quiere humano sacrificio
como expresión de sacro desarraigo,
ni es de por sí el dolor -atroz y amargo-
el más sonoro y natural indicio
de auténtica y probada devoción.
Es la obediencia el don que a Dios agrada;
pues, o lo aceptas en su ser y andares
y te abres a su amor en propia nada,
o es a ti a quien adoras sin ambages
desmembrado a los pies de tu pasión.
Pero he aquí que el Hijo Predilecto
se ofreció a dar su vida por nosotros,
pues, de Dios alejados nuestros ojos
andábamos heridos, casi muertos,
sin posibilidad de curación.
Y fue el amor de Padre en sus empeños
de compartir el gozo de su gloria
quien lo llevó a cambiar la humana historia
dejándolo colgar de infame leño
para darnos, renovada, su amistad.
La muerte en obediencia fue el camino
y la senda el amor en el mandato:
un corazón filiar en arrebato
de consagrarse al Padre en sacrificio
fue la ofrenda agradable a nuestro Dios.
Constructor fuiste de un templo
que para siempre durara:
santificador encuentro
con el Dios que al hombre salva.
Y ese fue, Señor, tu cuerpo
desgarrado por la lanza
que vivo, por amor muerto,
sobre el cielo se levanta.
Devoró tu vida el celo
por dar a Dios una casa,
y el mismo sagrado fuego
que comía tus entrañas
hizo de ti, Hijo y Siervo,
su más perfecta morada.
Oh Dios, Señor Padre nuestro,
que en el Hijo te derramas,
haznos ser piedras del Templo
que consagraron tus Llamas.
Pues somos obra tuya, Señor nuestro,
y como tuyos quieres nos mostremos,
danos con tu asistencia el Santo Aliento
y con su resplandor conocimiento
para poder vivir con dignidad.
Pues somos, mas en ti, por pura gracia;
tú das vital carácter de constancia
a un ser que flotaría sin sustancia,
abocado a llevar penosa infancia
sin alcanzar jamás la madurez.
Arranca de raíz el mal del hombre
y abre su corazón en flor de amores;
rebose en él la gloria de tu nombre,
y, pues de ti lo hiciste imagen noble,
hazlo en Cristo Jesús eterna claridad.
Quiero, Señor, obrar tus maravillas,
haz tú en mí de ti semblanza viva
pues, para contemplarnos como hijos,
donaste al tuyo propio en sacrificio
en una dura y difamante cruz.
Las niñas claras de tus ojos limpios
el toque suave de tus manos buenas,
la voz sonora de tu boca tersa
y el paso hermoso de tus pies benditos;
el brillo intenso de tu rostro humilde
–pues eres hombre y por los hombres vives–
y el gesto noble del amor más firme
rasgan en viva llama el corazón.
La cruz enhiesta donde cuelgas muerto,
la sangre pura que embellece el leño,
el agua limpia del costado abierto;
el soplo santo que del padre envías,
el ruego amigo que el pecado borra,
y el dulce abrazo que a los hombres donas
las frescas rosas de tus llagas pías
lanzan el alma a refugiarse en ti.
Pues eres Tú la inquebrantable Roca,
baluarte egregio en tempestades fieras,
la paz estable en ominosas pruebas
y luz gigante que quebró las sombras,
conduce al hombre por camino tuyos,
sembrando estrellas de divinas obras,
y dale el gozo del festín futuro:
sin fin ni tasa convivir con Dios.
Nací con un mundo ante mí
cargado de inconsecuencias
donde un volcán de interferencias
provoca conflictos sin fin.
Sufre mi libertad opresión,
y es terremoto mi existencia
por no distinguir las vivencias
que sacuden el corazón.
Lo que es bueno, ¿amo en verdad?;
de lo malo, ¿busco la ausencia?
Porque el diablo con insistencia
quiere embrujar mi voluntad.
¿Podré yo solo vadear
las rompientes de la experiencia
y sopesar las diferencias
que separan el bien del mal?
¿Dónde está el diablo? ¿Dónde Tú?
¿Y cómo formar mi conciencia,
si tiene de Dios la apariencia
nimbado el demonio de luz?
Voy, Señor, a escuchar tu voz
con la más firme complacencia
y fundar toda mi existencia
en la práctica de tu amor.
Subir al monte
y estar contigo,
buscar la fuente
de mi destino,
solo en la altura,
y con tu Espíritu,
sentirme todo
de ti invadido,
podré yo verme
de luz vestido…
Dame la gracia
de ser tu amigo
y acompañarte
por el camino
donde las cruces
tienen un sitio.
Una y otra vez, Señor,
pusiste abono en mi alcorque,
con tu sudor lo regaste
y con paciencia esperaste
a que después de a flor
viniera fruto abundante.
Al tiempo ofrecí follaje…,
mas ningún fruto en sazón.
¿He de volver a rogarte
que un año más me concedas
para que tú un día puedas
gustar de mi fruto aparte?
No olvides de mi el cuidado
y riégame con tu sangre,
no sea que huracanado
de un golpe el viento lo arranque.
Pródigo soy y a ti vuelvo,
bajo el penar de mis vicios,
a que contemples de nuevo
a quien te tuvo en olvido.
Vengo cansado y con hambre
y el corazón compungido;
¿permitirás que te abrace
aunque perdí ser tu hijo?
Han de, Señor, agradarte
las palabras que te dijo:
"Solo yo soy responsable
de haberme de ti perdido;
déjame que te llame Padre
por más que ya no soy digno
–hiciste tuya mi carne
al encarnarse tu Hijo–".
Rodó la piedra,
saltó la muerte
envuelta en vendas:
la vida vuleve,
mas tan endeble,
que no merece
llamarse nueva:
en poco tiempo
volvió a la cueva
el viejo amigo
que tú quisieras.
Mas este triunfo
sobre el averno
es ya el anuncio
de que en la vida
que tú propinas
no habrá sepulcros;
pues de tu muerte
surge tal fuerza
que al dar la vida
la das eterna.